La ciudad y los días

Carlos Colón

Compañeros de viaje

LEER bien lo que merece ser leído sirve a veces para objetivar como razonable lo que pensamos. Para ello lo esencial no es la coincidencia de opinión con quien escribe, sino la autoridad moral, intelectual o creativa que le otorga credibilidad. Sin esta autoridad la coincidencia tiene un efecto contrario que puede hacer cambiar de opinión al lector inteligente, molesto y hasta avergonzado de coincidir con quien no respeta: hay coincidencias que son advertencias para que cambiemos de rumbo y compañeros de viaje que nos avisan de que vamos en dirección equivocada.

Si, por el contrario, la discrepancia o la coincidencia se dan con alguien a cuya palabra reconocemos alguna forma de autoridad, en el primer caso revisamos nuestro propio criterio y en el segundo lo reafirmamos. Cuando la coincidencia se establece entre opiniones mal vistas por ir a contracorriente de las consideradas correctas por la mayoría, el lector siente una especial gratitud hacia quien, asumiendo el riesgo de ir contra las ideas dominantes, expresa lo que él piensa.

Me ha sucedido -en lo que se refiere a graves cuestiones internacionales- leyendo el artículo de Antonio Elorza La hora de la razón (El País 6-1-2009) sobre los trágicos hechos de Gaza. En él, tras recordar que "fue el Gobierno de Hamas en Gaza el que decidió romper la tregua con Israel el 19 de diciembre" y afirmar que la respuesta de Israel ha sido "claramente desproporcionada y, por tanto, digna de ser condenada", concluye: "Estamos en una de esas crisis internacionales en las que no hay un responsable, sino dos, y por consiguiente la acción pacificadora debe concernir a ambos. A no ser que disfrutemos con la idea de una destrucción de Israel a medio plazo, objetivo al que, en definitiva, responde la provocación de Hamas". Lo comparto.

Me ha vuelto a suceder -en lo que se refiere a importantes cuestiones cotidianas- con el artículo Elogio de la amabilidad, publicado ayer en el mismo diario por Esther Tusquets, en el que la escritora elogia esta virtud que la poca edad o la mucha soberbia desprecian. Y la elogia en lo diario, porque los pequeños gestos amables "le cambian el color y la música al día"; especialmente en esas situaciones de vulnerabilidad que se dan en las consultas y los hospitales. "Si algún día tengo que someterme a una operación de alto riesgo -escribe-, lo tengo claro: no recurriré al mejor especialista mundial, me pondré en las manos de un médico que una, a la competencia en el oficio, una fuerte dosis de humanidad. Del más cariñoso, del más bondadoso, del más amable, en definitiva". Lo comparto.

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