la ciudad y los días

Carlos Colón

Compasivo julio

VENTANA abierta en las primeras horas de la mañana. Luz clara de un verano momentáneamente templado a muletazos de poniente. Volverá a embestir el toro de fuego de este espléndidamente bárbaro verano nuestro. Pero ha habido respiro. Y dicen que lo habrá durante esta semana. El aire temprano y fresco recorre la casa en la media luz de las persianas no del todo subidas. El viento mueve suavemente los visillos haciéndoles ondear como un pañuelo que dijera adiós, ¿a qué, a quién? Parece de un mayo caluroso esta fresca mañana de un julio que pronto parecerá agosto. Ningún mes respeta el calendario en Sevilla. Hay tardes de marzo en febrero, calores de agosto en julio y en septiembre, el verano se prolonga hasta el otoño, el otoño no estalla hasta el invierno, el verano se adelanta a la primavera y ésta devora al invierno.

Por eso estamos acostumbrados a disfrutar o padecer las estaciones desordenadamente, a brochazos de instantes de luz, de calor, de nubarrones, de lluvia, que las más de las veces nos cogen por sorpresa por no ajustarse a los calendarios. Adriano del Valle llamó a uno de sus libros Primavera portátil. Y en este carácter portátil reside el mayor encanto de las estaciones sevillanas. Nos quejamos del frío o del calor cuando son formales y la primavera o el otoño son tibios, el verano caluroso y el invierno frío. Somos con las estaciones como esos impuntuales que consideran rígida descortesía la puntualidad de sus amigos, porque los deja en evidencia. Nos encanta la lluvia caprichosa que irrumpe en el verano, las calores caprichosas de abril, un adelantado destello primaveral en febrero o un rezagado repeluco de frío en las madrugadas de primavera.

Porque no parecía del mes más caluroso del verano sevillano, he disfrutado más esta luz clara de una mañana de julio en breve tregua de calores; la inagotable gama de verde de estos naranjos con cuyas hojas inquietas juegan la brisa y el sol; el verde joven de las hojas de las ramas más altas, que se alzan con descaro adolescente sobre el cansado verde oscuro de las grandes hojas de los viejos naranjos; esa alta rama solitaria que me saluda balanceándose dulcemente, preñada de pequeñas naranjas prietamente verdes, tan perfectamente redondas y duras como las pelotas que regalaban con los Gorila en las zapaterías de la calle Córdoba; las finas y brillantes cuerdas de arpa de una tela de araña tejida entre las ramas del naranjo, que aparece y desaparece según la brisa, al mecerla, le hace reflejar el limpio sol de esta mañana transparente de un julio tan desacostumbradamente compasivo, que tiene luces de Corpus.

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