RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Contertulios en guerra

NO es posible estar en la opinión como en una trinchera en pie de guerra. No es posible cobrar por la opinión si la opinión se compra de antemano, si ya está pagada, si ya se presupone y se confirma como una realidad preestablecida. En los últimos años, sobre todo a partir de la victoria socialista, han proliferado los programas de pugna y de tertulia, que ofrecen ya muy poco de tertulia y arrojan mucho de pugna, de genio y griterío. Ahora, el programa ha exportado su formato y ha llegado a ocupar una franja horaria tradicionalmente ofrecida a estrenos cinematográficos, como ocurre los sábados por la noche, en los que ahora es posible asistir impasibles a una pelea de gallos con exceso de brío y de coraje, con proliferación desorbitada de lugares comunes y con muy mala baba. La mala baba, en esto, no es lo que más se prima, pero se prima mucho. Lo que se prima al máximo en este tipo de programas, o al menos lo que más suena en los medios, no es la reflexión acompasada, que como tal, también existe, aunque más en la radio, sino, por el contrario, la figura recién creada del opinador televisivo, que luce de antemano sus propios colores y se va a ceñir a ellos aunque le venga encima un ciclón.

Nadie puede creer que contertulios como María Antonia Iglesias o Miguel Ángel Rodríguez, por poner los ejemplos que me han motivado la columna, van a ningún programa a escuchar. Van sólo a imponer, van a lazar sus opiniones de siempre, con su vector de siempre y su tendencia de siempre, pero sin ningún conflicto, sin ningún matiz, sin ningún tono gris en que hospedarse: así, ante cualquier tema, ya sea la violencia futbolística, la política internacional o las libertades públicas, el derecho a la memoria o la coartada de la memoria, ya sabemos todos, de antemano, lo que estas dos figuras ahora incuestionables de la tele, pero no de la vida intelectual real, que es la que sucede fuera, van a relatarnos, porque sus discursos se conocen antes de que aparezcan.

Ya es desconcertante que un político sólo tenga certezas. Ya es desconcertante que un político, que todos los políticos, se vean obligados a seguir, salvo muy honrosas excepciones, ese latrocinio contra la libertad de expresión que es la disciplina de partido. Pero que también los periodistas tengan disciplina de partido, que cada debate sea una pura estrategia no para exponer, sino para acallar al otro, para volver a contar lo mismo de siempre y con los peores modos carcelarios, siendo anti-PP o anti-PSOE, por sistema, es un disparate sonrojante. Unos contra otros, aunque hay excepciones, como todos los programas matutinos de mesa y comentario; porque éstos no son contertulios, sino hinchas, y cobran por gritarnos sus consignas.

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