Visto y oído

Antonio / Sempere

Contrastes

COINCIDIERON en el tiempo. El mismo sábado en que la madre de El Cuco compareció en La noria, Juan Carlos Ortega trató de desentrañar el alma que se esconde en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Puede que mayor contraste no quepa. Pero he ahí la grandeza de la televisión. Que admite todo. Engulle todo. Como decía el otro, existen otros mundos, pero también están en ella.

De El Cuco y sus circunstancias todo se ha dicho. Son espectadores que están al tanto del caso que no vamos a echar más leña al fuego. Por el contrario, prefiero ejercer de entomólogo que se detiene en la rareza. Y no me negarán que ésta de acompañar a Ortega, agnóstico confeso, en la búsqueda de las claves de la obra cumbre de San Juan de la Cruz, lo es. La mitad invisible, de nuevo, bordó el prodigio. Porque demostró cómo lo importante, siempre, es el camino, la búsqueda.

Cuando, al final de la entrega, mirando el horizonte de nubes desde una colina de Ávila, confesó que tras el acercamiento al Cántico Espiritual no creía más, no veía en ese horizonte brumoso más que partículas de aire condensado, pero sí apreciaba más la belleza de la estampa, y que con ese goce estético le bastaba, porque siendo capaz de apreciar tanta belleza se sentía más feliz, decía mucha verdad.

No sabemos si el guión, en última instancia, era suyo o de Blanca Flaquer. Pero sin duda que le reconocimos en él. Que pocas veces el presentador-conductor-viajero del documento conduce a tal grado de identificación.

De la zambullida en la Universidad de la Mística, la única en el mundo, a las palabras de Amancio Prada, nunca La mitad invisible siguió siéndolo tanto. Y nunca tan bella como este sábado.

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