Valor añadido

Carmen Calleja

Cortar la metástasis

LA Administración Pública necesita adaptarse a la sociedad actual. Dos ejemplos: la calidad y el procedimiento administrativo. La calidad es hoy sinónimo de competitividad también para la Administración. La competitividad institucional (administrar sin impedir el desarrollo económico y social) es imprescindible para que las empresas puedan ser competitivas en un mercado global. No hablamos de desregular, sino de competencias bien y eficazmente ejercidas.

Las administraciones tienen planes de calidad, en los servicios sectoriales y en los servicios generales. Pero la calidad administrativa debe ser certificada, es decir, analizada y, en su caso, certificada como lo son los sistemas de calidad en las empresas. Unos servicios generales ineficientes en la empresa son capaces de hundir su cuenta de resultado y su posición en el mercado. Igual ocurre en la Administración, pero con una onda expansiva de confines incalculables.

El procedimiento de la Administración ha tenido siempre una finalidad garantista: que su actuar se adecue a la legalidad. Ha sido una conquista social. El procedimiento ha garantizado la transparencia, la objetividad y la economía de medios. Pero ha ocurrido algo paradójico: se rediseña un procedimiento y aparecen intervenciones de otros sectores de la Administración diferentes al que actúa; trámites que no acortan tiempos, evitando la sucesión de procedimientos. Lo que hacen es asegurar un espacio de poder para órganos distintos a aquél que sustancia el procedimiento. Dicho en plata: introduzco un trámite de informe para asegurar que mi competencia también se ejerce en otro ámbito.

El procedimiento hoy debe homologarse a lo que es en el ámbito de la organización industrial: el reflejo de la optimización de las operaciones. Es decir, debe ser la expresión de la manera óptima de desarrollar una actividad. Sin esta orientación se queda en una carrera de obstáculos para el ciudadano. Garantía (asegurada siempre por el Poder Judicial) y coordinación de competencias. Pero sin optimización de las actuaciones estamos perdiendo el tiempo y tirando el dinero.

Una última reflexión. La Administración ha crecido para atender nuevos intereses generales. Pero estamos llegando a la metástasis: se crea un órgano; se hipertrofia con el tiempo. A veces se transforma en una nueva entidad; ésta crece; genera observatorios, órganos de participación, y toda una pléyade de sofisticadas instancias. Es una proliferación tóxica. Menos órganos, más eficacia, mejores gestores.

Es hora de abandonar arcaísmos y dotarnos de Administraciones acordes con los tiempos.

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