Desde el tendido de sol

Alberto González Troyano

Cronistas y literatos

la corrida en el periodismo A comienzo del XX puede situarse un punto de ruptura con la tradición anterior de los cronistas y revisteros taurinos

LOS ecos de un día de toros no acaban al arrastrarse el último toro. Desde el siglo XVIII, casi al mismo tiempo que finalizaba la faena final, comenzaban las imprentas a preparar el material que, una vez entregado por los revisteros, iniciaba su difusión por toda la geografía taurina. Y así se ha mantenido hasta hoy: la crónica de la corrida es parte consustancial de la misma. Su historia es un tesoro documental que permite seguir la evolución de la lidia, la transformación del ganado, el entramado comercial de la fiesta y el gusto de los públicos. Incluso también da cuenta de los cambios que ha experimentado la literatura periodística.

Durante bastante tiempo, la norma informativa mandaba a la hora de reseñar lo acontecido en la plaza. La pauta del telegrama impuso un modelo de prosa seca y precisa, destinada sobre todo a cuantificar los hechos: comportamiento de cada toro, suerte de varas muy detallada (era la medida que permitía calibrar la bravura del toro), tercio de banderillas y nueva detención en la suerte de matar, determinante al valorar retrospectivamente toda la faena, ya que la estocada final iluminaba hacia atrás la lidia realizada. Como el lector quería tener noticias pormenorizadas de cada toro y el espacio de papel estaba fijado de antemano, hubo que recurrir a un lenguaje que a pesar de su brevedad fuera lo suficientemente expresivo. Por ejemplo: "Media lagartijera", ya indicaba que el estoque había penetrado sólo la mitad, pero que fue suficiente para matar al toro.

Es muy probable que el riquísimo repertorio del léxico taurino haya sido consecuencia del préstamo continuo que se estableció entre prensa escrita, profesionales del toro, faenas del campo y público de los tendidos. Cada uno alimentaba al otro, consiguiéndose una jerga que en lugar de encerrarse en sí misma se ha prodigado por todos los rincones, proporcionándole las más vivas expresiones a la lengua castellana. Todavía hoy pueden leerse aquellas escuetas reseñas de mediados del siglo XIX y, con el apoyo de unas palabras tan precisas y atinadas, se reconstruye con acierto, en nuestra imaginación, la faena que evocaba. Resulta aleccionador que incluso escritores muy hiperbólicos, de estilo tan personal como el costumbrista romántico Estébanez Calderón, se sometieran al canon tradicional que imponía la prensa taurina. Esta situación, en la que prevalecía la información, con el recurso de su lenguaje específico, debió perdurar hasta la llegada, ya casi a finales del siglo XIX, de la revista La Lidia, el mayor monumento de la cultura taurina (y del que sabe tanto Luis Nieto, que tiene un precioso libro sobre ella). La Lidia no sólo dio entrada a artistas como Daniel Perea y Chaves, que dejaron su marca inconfundible en las láminas de la revista y en la pintura taurina; también, junto a los avances técnicos aportados, puso semanalmente en sus páginas textos de una mayor ambición literaria.

Pero mientras Perea supo fundirse con la revista y adecuarse al gusto de tendido de sol de sus lectores, sus plumas invitadas mantuvieron un estilo personal e individualizado, abriendo cauce a una interpretación más literaria y subjetiva de la corrida. Ahí, a comienzos del siglo XX, puede situarse un punto de ruptura con la tradición anterior de los cronistas y revisteros taurinos. Una firma, al pie de una reseña, empieza a tener sus propias prerrogativas: el crítico también quiere figurar, aunque todavía esconda su nombre (Mariano de Cavia, por ejemplo) bajo un seudónimo (Sobaquillo). El discreto papel del revistero se pierde o queda como simple apoyo. El crítico con firma de literato toma el poder y a, veces, quiere también mandar desde sus páginas. Un gesto tal, de poder periodístico, se atribuye a Gregorio Corrochano: tras dedicarle una crónica a Cayetano Ordóñez Niño de la Palma ("Es de Ronda y se llama Cayetano") el torero desconocido empezó a cobrar fama y prestigio.

La presencia de esta veta literaria en las crónicas también puede interpretarse como una forma de compensar las carencias de emociones taurinas en el ruedo. El mejor modelo de esa actitud, encarnada incluso con una cierta ironía, la representó Antonio Díaz-Cañabate. Dotado de un estilo pinturero y con chispa, buen observador del costumbrismo contemporáneo, supo distraer al lector con su sabrosa escritura las tardes en las que el aburrimiento y la rutina se apoderaban de las plazas. Dentro de esta misma tendencia, aunque con matices muy distintos, cabe situar a Joaquín Vidal. En una época en la que ya el aburrimiento y la rutina no se enseñoreaban de los ruedos sólo de tarde en tarde, sino con relativa frecuencia, Vidal, con su lograda forma de escribir y criticar, también en la línea de un depurado costumbrismo, consiguió una audiencia provechosa para la tauromaquia, aunque no tanto para los taurinos, a los que, eso sí con buen estilo, muchas veces desenmascaró justificadamente. Para finalizar, habría que preguntarse: ahora, en la situación en que estamos ¿es una ocasión adecuada para cronistas o para literatos?

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