las claves

pilar Cernuda

Cruenta lucha por el poder

Peor imposible. El primer error de Alfredo Pérez Rubalcaba fue convocar el congreso sin dimitir como secretario general, y su figura empezó a cuestionarse cada vez más

EL equipo de Rubalcaba no lo ha podido hacer peor. Al desastroso resultado electoral, que provocó la decisión del secretario general de convocar un congreso extraordinario del partido para elegir una nueva dirección y un nuevo líder, se sucedieron una serie de torpezas, errores, equívocos y pasos precipitados que han colocado a la actual cúpula del partido en una situación imposible. De descrédito incluso, porque la lucha por el poder ha sido a cara de perro, con zancadillas, maniobras, telefonazos y reuniones en petit comité para tratar de colocar peones en el tablero de juego. Se han roto amistades de años y han quedado apartados quizá para siempre personajes a los que se auguraba un gran futuro, mientras han aparecido figuras que se encontraban en tercer o cuarto plano y que ahora centran miradas esperanzadoras.

El primer error de Rubalcaba fue convocar el congreso sin dimitir como secretario general.

La noche electoral en Ferraz fue mucho más que de caras largas. Rubalcaba no salió de su despacho y fueron Elena Valenciano y Óscar López los que comparecieron ante los periodistas, mientras el secretario general hablaba por teléfono con dirigentes regionales y con Felipe González. Una versión apunta a que Rubalcaba comunicó a Susana Díaz y González su decisión de dimitir como secretario general. Otra en cambio asegura que fue Díaz quien le aconsejó que lo hiciera y que González se pronunció en el mismo sentido. En lo que hay coincidencia es en que los miembros de la ejecutiva que asistieron al día siguiente a la reunión sabían que Rubalcaba iba a anunciar su dimisión. De hecho, telefoneó momentos a Díaz para comunicárselo.

Lo que sorprendió fue que no anunciara la convocatoria del comité federal ni tampoco su renuncia hasta la celebración del congreso extraordinario. Esto hizo saltar todas las voces de alarma, sobre todo las de quienes pretendían presentarse a unas primarias. Denunciaban, con razón, que si Rubalcaba seguía al frente podía controlar el congreso extraordinario, maniobrar para que la nueva ejecutiva fuera de su cuerda y que no se convocaran primarias.

La figura de Rubalcaba empezó a cuestionarse cada vez más. Y también el aparente apoyo de su equipo -Valenciano, Soraya Rodríguez, Óscar López- a Eduardo Madina. Mientras, varios barones regionales empezaron a moverse para tratar de consensuar una posición de respaldo mayoritario a una persona que verdaderamente pudiera presentar una imagen atractiva, que se identificara con la necesaria renovación y con capacidad de liderazgo. Sólo les salía un nombre, Susana Díaz, que desde que fue designada por Griñán para sustituirle en la Junta de Andalucía había logrado insuflar una inyección de ánimo a los militantes socialistas de toda España y había sido la persona masiva y entusiásticamente aclamada en la conferencia política celebrada el pasado otoño en Madrid.

El único que no se dio cuenta de lo que se gestaba en torno a Díaz fue Madina, que aprovechaba los micrófonos siempre pendientes de la actualidad en los pasillos del Congreso para seguir, erre con erre, con el debate sobre la metodología de elección. Y en esos pasillos empezó también a ser solicitado otro diputado que no había tenido hasta ahora ningún protagonismo pero que meses atrás anunció su intención de concurrir a primarias y desde entonces ha sido invitado a visitar agrupaciones socialistas de toda España.

Pedro Sánchez se vio de pronto asediado por los medios de comunicación, a los que gustó su tono, su cercanía y su preparación. Sánchez también se mostró partidario de un militante un voto, como Madina, pero tenía un discurso más amplio, menos obsesivo. Y empezaron a fijarse en él algunas de las personas que se movían en torno a la candidatura de la andaluza Díaz.

Rubalcaba, Valenciano y Madina no dieron importancia a las noticias sobre lo que sucedía respecto a la líder del PSOE-A, y de hecho Rubalcaba sólo salió de Ferraz para acudir al Congreso de los Diputados a desmentir que fuera el promotor de una operación que impulsaba a Madina. A los dos, así como al resto del actual aparato de Ferraz, se les notó descolocados cuando a lo largo de la tarde del jueves empezaron a llegar noticias sobre los movimientos de los barones: uno tras otro, con excepción de los de Extremadura y Asturias, los responsables regionales iban expresando su apoyo a Díaz, que se iba perfilando así como la única candidata con posibilidad de ser secretaria general. Díaz no confirmaba ni desmentía, se limitaba a afirmar que su prioridad era Andalucía. Rubalcaba, con un tono que para los que le conocen bien significaba que daba por perdida la batalla, declaraba que era perfectamente compatible ser presidenta de Andalucía y secretaria general del partido. Con esa frase, se hacía evidente incluso para los que más confiaban en la candidatura de Madina, que el diputado vasco quedaba fuera de la carrera.

Díaz no ha confirmado que aceptará el reto, pero ya ni se pregunta: se da por hecho que aceptará, pues en caso contrario los barones ya lo habrían sabido. Como se da por hecho que al actual equipo de Rubalcaba le quedan semanas de vida, porque no han sabido jugar sus cartas, no han sabido palpar el ambiente que se vive en las direcciones regionales ni tampoco en las agrupaciones. Y como ha ocurrido siempre en el PSOE, incluso en tiempos de Felipe González, en este partido el poder regional es básico, incluso con un sólido y asentado secretario general.

En sólo tres días el cambio en el PSOE ha sido drástico: Rubalcaba ha perdido fuelle, el futuro de Valenciano, Rodríguez y López es incierto, Madina ha amagado y no dado, Chacón aún tiene posibilidades de participar en el juego porque no está "contaminada" por Rubalcaba sino todo lo contrario, y además siempre ha mantenido excelentes relaciones con Susana, mucho antes de que fuera presidenta andaluza. Pedro Sánchez se convierte en alguien a tener en cuenta.

Y, asumido que Susana Díaz será secretaria general aunque todavía no hay nada confirmado, la lucha se ha trasladado a los segundos niveles: quién puede ser secretario de organización, puesto clave cuando la secretaria general tiene responsabilidades de gobierno; quién formará parte de su equipo más influyente, quién será presidente del partido y qué pasará con los actuales portavoces parlamentarios, que la nueva ejecutiva tendrá que confirmar o renovar. A Marcelino Iglesias, Elena Valenciano y Soraya Rodríguez -Senado, Parlamento Europeo y Congreso- no les llega la camisa al cuerpo.

En cuanto al presidente del partido, siempre un sénior, alguien de reconocida trayectoria -Ramón Rubial, Manuel Chaves, José Antonio Griñán hasta ahora- suena con fuerza un nombre, Ximo Puig, importante valedor de Susana Díaz y al que esa presidencia daría gran impulso en una comunidad como Valencia, donde el PSOE hace años que no consigue romper con la hegemonía del PP.

Pero también hay quien apuesta por Rubalcaba, como reconocimiento a sus cuarenta años de trabajo en primera línea. Sin duda merecería esa salida, pocos han dado tanto al PSOE como él. Lo único que puede impedirlo es que, en estos momentos de crisis, no ha sabido medir bien su capacidad de maniobra.

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