La esquina

josé / aguilar

Cuidado con los pactos, Sánchez

ANSIOSO por ocultar que bajo su mando el PSOE consiguió el 24-M los peores resultados socialistas en unas elecciones municipales, Pedro Sánchez se ha precipitado a olvidar su compromiso de no pactar con el populismo y se dispone a hacerlo sin titubeos. Quiere a toda costa transformar la derrota en las urnas en una victoria con forma de más poder local (también autonómico).

Pactará, pues, con Podemos, interpretando que la pérdida de mayorías absolutas del PP en muchos ayuntamientos ha reflejado una voluntad inequívoca de cambio por parte del electorado. Más o menos, como en aquellos históricos pactos de 1979 que abrieron paso al abrumador triunfo socialista en 1982. Él se ve ya como el Felipe González de ahora, en un arriesgado ejercicio de aliteración material al que le sobra, desde luego, la celeridad y el desahogo con los que ha deducido que la alianza PSOE-Podemos es inevitable y excluye cualquier otra alternativa.

Dejando aparcada la amenaza de desestabilización y apocalipsis que el PP pregona, el peligro yo lo veo en otra parte: en la aplicación de recetas iguales a situaciones diferentes. En 1979 el PSOE llegó a los pactos con el PCE y otras izquierdas desde una posición claramente hegemónica. Impuso sus condiciones y arrebató a UCD un montón de ayuntamientos. El único que tuvo que ceder a los comunistas fue el de Córdoba, donde Julio Anguita había obtenido la minoría mayoritaria.

Pero en 2015 el pacto PSOE-Podemos se firmará entre dos fuerzas más próximas en votos, una descendente y otra emergente, y los ayuntamientos más relevantes, como Madrid, Barcelona y Valencia, serán para agrupaciones pastoreadas por Podemos, debiendo conformarse los socialistas con Sevilla y Córdoba, y aun así, sólo si logran sumar a otros partidos, que también exigirán contrapartidas a los alcaldables del PSOE. Quiero decir: Podemos gana mucho más que el PSOE con estos acuerdos.

Hay más matices. Aquellos pactos implicaban gobiernos de coalición que comprometían a los firmantes y, a la vez, les hacían perder sillones y presupuestos si decidían romper en pleno mandato. Estos pactos que ahora se cocinan conducen a gobiernos monocolores, cogidos con pinzas, y alcaldes en permanente minoría, forzados a negociar cada presupuesto y consensuar cada plan con los socios-vigilantes. Al final Sánchez puede estar felicitándose por un poder más aparente que real.

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