Crónica Personal

Pilar / cernuda

Cumbre descafeinada

EL rey Felipe ha puesto todo su empeño en que saliera bien, como hizo el rey Juan Carlos la veintena de años que acudió a las cumbres que impulsaron con ahínco España y México y a las que se sumaron los restantes países con mayor o menor entusiasmo. También Portugal se mostró reticente a la aventura, pero ahí están las cumbres Iberoamericanas. En baja, descafeinadas, con presencia muy disminuida, con acuerdos de bajo nivel y sin que se perciba que de los encuentros de jefes de Estado y Gobierno salen decisiones que suponen un cambio considerable para el mundo latinoamericano.

Son cumbres que necesitan revisión urgente y un planteamiento distinto al que ha prevalecido durante más de 30 años. Y esa revisión no puede circunscribirse sólo a que a partir de ahora se celebrarán cada dos años, no anualmente. No es suficiente. Otras reuniones se celebran cada año, o cada trimestre, y en ellas se toman acuerdos de la máxima relevancia. Sin ir más lejos, la reciente de los países del Pacífico, a la que asistieron algunos de los presidentes latinoamericanos que han puesto excusas para no trasladarse ahora a Veracruz. Ni Cristina Fernández tiene problemas tan graves de salud como para no viajar a México, ni a Dilma Rousseff le urge pensar en su nuevo Gobierno. No han acudido a la cumbre porque no tenía interés para las dos presidentas. Lo más positivo de esas cumbres es que los presidentes latinoamericanos, el portugués y el Rey español tienen oportunidad de encontrarse y tratar cuestiones bilaterales. Porque incluso las generales, las de interés común, no acaban de ser abordadas con la suficiente profundidad. Por ejemplo, no hay una sola normativa importante en Latinoamérica que lleve el nombre de la ciudad en la que se celebró la cumbre que la impulsó, como ocurre con leyes europeas y con algunas de las normas internacionales auspiciadas por la ONU. Para los españoles, lo más destacado de Veracruz ha sido el encuentro del Rey con los españoles emigrantes, tanto por razones políticas como económicas.

Las cumbres Iberoamericanas tuvieron sentido en su momento. Pero las nuevas generaciones, americanas y europeas, ya no se mueven por sentimientos de hermandad o de pasado común. Es difícil encontrar en Latinoamérica un joven que sienta un vínculo especial con España, o Portugal en el caso de Brasil, o que piense que son más estrechos los lazos con un país de su mismo continente que con un país lejano pero con un parecido nivel de desarrollo o de forma de vida.

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