Tribuna económica

Joaquín / aurioles

Deflación conciliadora

LOS teóricos de la integración monetaria siempre han defendido que para que una moneda común pueda funcionar correctamente es necesario que los ciclos de las economías implicadas estén sincronizados. Entre 2008 y 2012 la Eurozona ha sido un claro ejemplo de la dificultad para la coordinación de las políticas económicas cuando los ciclos económicos han estado encontrados y los intereses de un grupo de países con graves problemas financieros entraron en conflicto con los del resto. Las exigentes condiciones impuestas a los primeros para sobrevivir en el seno de la moneda común consiguieron situar el proyecto al borde del precipicio en más de una ocasión, pero de un tiempo a esta parte las diferencias parecen haber entrado en fase de reconciliación, como consecuencia, sorprendentemente, de una nueva amenaza en el horizonte: la deflación.

Con un crecimiento que sigue siendo débil (0,2% en el primer cuatrimestre del año), el consumo de los hogares por los suelos (-0,3%) y la inflación en 0,5% (alejado del objetivo del 2% anual), la Eurozona se ve obligada a afrontar el problema con inyecciones masivas de dinero en la economía y bajadas de tipos de interés, que son los ingredientes básicos de la única receta conocida para estos casos (aunque se mantiene en reserva la compra directa de activos por parte del Banco Central Europeo). Las ventajas para un país endeudado como España son evidentes, no sólo porque el aumento del dinero puede estimular el consumo y el empleo, sino también porque el descenso en los tipos de interés beneficia a los prestatarios y a los hipotecados, mientras que perjudica a los prestamistas, es decir, a los ahorradores y a los inversores conservadores, lo que debería traducirse en un incentivo a la adopción de mayores niveles de riesgo por los inversores y un mayor apoyo a los emprendedores, de los que tan necesitada está Andalucía. Por último, también cabe esperar que, si se consigue que el Euríbor recupere su sensibilidad frente a los impulsos monetarios del BCE y que los bancos asuman la función de trasladarlos hasta la economía real, en lugar de desviarlos a los mercados financieros y de deuda pública, se estreche el margen financiero y se reduzca el coste de la financiación privada.

Por otra parte, la deflación en España no resulta tan preocupante como en el resto, debido a que viene acompañada de una mayor contención en el crecimiento de los costes laborales (0,6% en tasa anual durante el primer cuatrimestre, frente al 1,5% en la Eurozona) y del aumento de la productividad laboral (5,2 puntos entre 2008 y 2013, frente a 0,5 puntos en la Eurozona). Es razonable esperar que, bajo estas condiciones, los precios crezcan moderadamente, aunque sería ingenuo ignorar que tras el comportamiento de ambas variables se encuentra el dramático crecimiento del desempleo. No obstante, queda el consuelo de observar cómo la preocupación por la deflación de nuestros socios está forzando a la política monetaria a adoptar el sesgo expansivo que más conviene a la economía española, es decir, el que debe contribuir a desatascar las cañerías de los circuitos del crédito al sector privado y a la creación de empleo.

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