Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Demasiado lejos

DURANTE años hemos pensado que esa amalgama de intereses que se había dado en llamar burguesía catalana estaba representada en lo ideológico por el pujolismo y tenía como su referente a la hora de votar a Convergència i Unió. Hoy esa afirmación no se puede sostener: Pujol es un apestado social incluso entre los suyos, cercado por la corrupción más grosera que se ha visto en España en décadas, y su sucesor, Artur Mas, es un ejemplo de torpeza política que pasará a los libros de Historia. En un tiempo récord ha sido capaz de hundir en la miseria a su partido y a lo que ha representado, hasta verse atrapado, sin posibilidad de salir, en los manejos de un grupúsculo antisistema que parece, además, dispuesto a pagarle sus favores con una patada en el culo. Así las cosas, ¿quién representa hoy políticamente a esa burguesía catalana que era el único colectivo social que no hace tantos años simbolizaba la conexión con Europa y la modernidad económica y cultural? ¿Quién es hoy el referente de esa clase privilegiada desde hace más de un siglo por el establishment español y mimada, de forma descarada, por la dictadura franquista, que la inundó de industrias e infraestructuras mientras aquí se obligaba a la gente a emigrar? Visto desde fuera parece como si en Cataluña se hubiera desatado la locura y se caminara hacia el abismo. Hasta hace no tanto el catalanismo representaba un factor esencial en la estabilidad democrática: aportaba pragmatismo, moderación y sentido de Estado, como Felipe González y José María Aznar tuvieron ocasión de comprobar en primera persona. Por supuesto que barría para casa y hacía pagar un precio alto por esa estabilidad. Pero eso entraba en el presupuesto. Se daba por sobreentendido que al nacionalismo le interesaba mantener un cierto grado de presión sobre el Estado en defensa de intereses locales, pero era una tensión siempre soportable.

De pronto todo eso saltó por los aires. El partido de la burguesía catalana era una especie de trampantojo que ocultaba una montaña de inmundicia e incapaz de articular un liderazgo. Así hemos llegado a donde estamos ahora. Pero se supone que los intereses que de alguna forma estaban ligados a esas siglas siguen existiendo y que no están dispuestos a tirarlo todo por la borda. Más allá de la espiral suicida en la que se ha metido Artur Mas tiene que haber alguien que recoja la bandera del nacionalismo moderado y empiece a poner las cosas en su sitio. Tiene que ser pronto, porque ya hemos ido demasiado lejos.

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