La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

El Demonio victorioso

SÉ que nos resulta difícil aceptar la acción de los demonios en la sociedad. Lo es, incluso, para quienes, por ser fieles hijos de la Iglesia, más receptivos debieran estar a ello. Y, sin embargo, qué duda cabe, aunque no le demos forma personal, la presencia del Mal es cada vez más palpable entre nosotros. ¿Pues de quién es si no, en última instancia, la autoría de los contenidos de la ley del aborto?

El Demonio tiene como misión el hacer al hombre y lo humano irreconocibles. Si envidia a Dios, también envidia a su criatura. Le subleva que ésta pueda parecerse en bondad y grandeza a su Creador. Por eso cambia el sentido de las cosas, de manera que se le hagan apetecibles y proveedoras de felicidad, rechace a quienes se las vetan o ponen trabas, considerándolos enemigos de su propio bien.

La sociedad en que vivimos le permite al Diablo picar muy alto; no suele andarse ya por las ramas. Su acción se dirige contra la misma línea de flotación de lo humano y de la humanidad. Sabe que el origen de ambos se halla en el vientre de la madre. Y, sorprendente paradoja, recordando el inicio de la historia humana, tal como nos lo narra el Libro del Génesis, paradigma de la misma, apunta ahora, como entonces, hacia el Árbol de la Vida. Así mata dos pájaros de un tiro: evita la posibilidad de que nazcan nuevos competidores y a los que son ejecutores o, con su aceptación o silencio, colaboradores en el drama los hace semejantes a él. En realidad, a todos nos deshumaniza un poco más. Para ello busca los intermediarios oportunos. Y éstos, desgraciadamente en nuestra cultura de muerte, abundan más de lo que sería deseable en todos los ámbitos y sectores.

Pero ya decimos que los diablos no suelen actuar abiertamente: deben llevar a cabo su propósito ocultamente o disfrazado de bien. Y, en todo caso, que no se alcance a percibirlo como obra suya. Dicen, y yo me lo creo, que el gran triunfo del Maligno en nuestros días ha sido lograr que, existiendo, ya nadie o casi nadie crea ni repare en él. Si se le identificara, se identificarían también sus malas obras, y sus propósitos no prosperarían.

Pero la sociedad ha sido previamente preparada para recibir como bienes lo que no son sino males, incluidos los más obtusos y deplorables. Ha bastado difuminar las fronteras entre el bien y el mal, hacer irreconocible la realidad; finalmente, etiquetar como progresista lo que no es sino una triste carnicería impropia del ser humano.

La acción diabólica no se ha limitado a ampliar el marco que permite acabar con la vida naciente, sino que más allá de ello; ha trabajado sin descanso durante lustros para que se vaya perdiendo la sensibilidad, el instinto maternal, el sentido de la culpa, de manera que no se perciba con nitidez la profundidad del mal. En otras palabras, que apenas se sienta más dolor que el producido por las artes y los instrumentos de quienes ayudan a abortar. Para ello había de quitársele todo su dramatismo, esterilizar los sentimientos, sobre todo de la mujer, convirtiendo el reducto de la conciencia en una sala espaciosa de consolaciones vicarias y buenas razones: la liberación, el derecho, la legítima autonomía, la opresión sexual... Y que las nuevas generaciones se insensibilicen al horror.

Mientras tanto los demonios se frotan las manos, ahora que han dado con la estrategia adecuada, o mejor, la madre de todas las estrategias. Despejado el camino, les serán más fáciles los pasos siguientes: seguir convenciendo a sus agentes de que faciliten la eutanasia, la eugenesia, los bebés a la carta… Ello exigirá disfrazar, con mayor agudeza aún, la crueldad humana; esgrimir la solidaridad que desea evitar el dolor y la indignidad.

Lástima que los amigos de lo positivo, del pacto o del mal menor no se hayan dado todavía cuenta. Aquí nos jugamos los hombres mucho más que el pan de los hijos (que puede no lleguen ni a ser) o nuestro futuro material: el origen de nuestra existencia como especie y la posibilidad del sentimiento de humanidad. Aunque puede que crezca asimismo el número de los que no valoren la vida y pierdan, incluso, el interés por ella. De la manera que sea, semejante pecado de lesa humanidad, que no se dude, pasará una fuerte factura a todos los implicados.

Los demonios gozan ahora de su victoria, pero no tienen ellos la última palabra. Sopla en lontananza un viento de vida por encima del campo yermo y lleno de cadáveres.

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