La ciudad y los días

Carlos Colón

Deudas de amor

UNA tarde de la primavera de 1965 un chaval de 13 años salió de la casa de sus abuelos en Regina, bordeó un mercado de la Encarnación que aún se estaba baldeando, pasó junto a los camiones grises del Ayuntamiento en los que se volcaban en espuertas de caucho las cajas y desperdicios de frutas y verduras, pasó por una Orfila aún de cierres echados, bajó por San Andrés, embocó Amor de Dios y se quedó esperando que abriera la taquilla del Cervantes.

Una misteriosa figura presidía los carteles que anunciaban la película que se estrenaba esa tarde: sobre un fondo amarillo anaranjado se veía una cabeza cubierta por una ghutra saudita -el pañuelo cuadrado de algodón que se mantiene con cordones a veces ricamente decorados- que ensombrecía un rostro del que apenas se adivinaban la nariz y la boca. Algo sabía del personaje por su padre, que lo admiraba y tenía entre sus libros Rebelión en el desierto y Los siete pilares de la sabiduría, escritos por el atormentado aventurero del que trataba la película.

Se abrió por fin el postiguillo, compró la primera entrada, entró el primero en la sala vacía y esperó, acodado en la barandilla del círculo del entresuelo, que pasaran el No-Do, los anuncios, los tráilers y por fin la sala quedara en esa media luz en la que sonaban, sin proyección y triunfalmente estereofónicas, las grandiosas oberturas de las grandes producciones. Fue la primera vez que oyó su música.

Terminó la obertura, apareció la Torch Lady de Columbia, la mujer portando una antorcha envuelta en la bandera de los Estados Unidos, y sobre un plano cenital de un actor entonces desconocido llamado Peter O'Toole, lavando la motocicleta en la que hallaría la muerte, pasaron los títulos de crédito hasta que apareció: "Música compuesta y dirigida por Maurice Jarre". Fue la primera vez que leyó su nombre. El siguiente 6 enero su madre le regaló el LP con la banda sonora de Lawrence de Arabia, que ahora mismo estoy viendo enmarcado, dedicado y firmado por Maurice, tantos años después.

Porque la vida me ha dado el privilegio de saldar algunas deudas de amor contraídas con quienes me han hecho vivirla más hondamente, y el regalo de compartirlo con el público y los alumnos, en 1989, cuando dirigía junto a José María Mellado Damas los Encuentros Internacionales de Música de Cine, aquel chaval invitó a Maurice Jarre para que esa maravillosa música, y la de Doctor Zhivago, y la de La hija de Ryan, y la de ¿Arde París?, sonaran en el Lope de Vega. Entonces el nombre admirado se convirtió en una persona tan simpática como les contaré mañana.

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