La ciudad y los días

Carlos Colón

Diálogo y griterío

PORQUE ayer vi Mouchette del católico Robert Bresson (rodada en 1967), basada en un libro del católico Georges Bernanos (editado en 1937), mientras escribo estoy oyendo el Magnificat (basado en el canto de la Virgen escrito en el siglo I en el Evangelio de San Lucas) que cierra las Vísperas de la Beata Virgen compuestas por el católico Monteverdi para la celebración de la festividad de la Anunciación en la Basílica de Santa Bárbara de Mantua el 25 de marzo de 1610. Lo uno me llevó a lo otro: la escueta música de fondo de esta severa película es dicho Magnificat, que oigo en la interpretación grabada por Jordi Savall en 1988.

En lo que oigo y en la razón por la que lo oigo se suman aportaciones culturales cristianas -desde el siglo I (Evangelio de San Lucas) a hoy (edición de Mouchette), pasando por 1610 (Magnificat de Monteverdi), 1937 (novela de Bernanos), 1967 (película de Bresson) y 1988 (grabación de Savall)- sin las que no podría entenderse Occidente. Por no hablar de otras aportaciones históricas, la más importante de las cuales es la separación entre la Iglesia y el Estado, tan revolucionaria que tras veinte siglos aún es fuente conflictos; pues, como ha escrito Joseph Hours, "dos tentaciones acometen a los representantes de los dos poderes: una somete la Iglesia al Estado hasta el punto de hacer de ella una mera administración pública, la otra subordina el Estado a la Iglesia". Lo segundo es la teocracia que, como sucede hoy en los regímenes fundamentalistas, somete el Estado a la religión. Lo primero es la estatalización que somete la Iglesia al Estado o, como dijeron Rousseau y Proudhon, "reúne las dos cabezas del águila, a fin de realizar la unidad política" y hace "entrar la Iglesia en el Estado"; es lo que hicieron Stalin o Hitler con sus iglesias nacionales y Franco con el nacional catolicismo, los dos primeros contra Roma y el tercero con su complicidad.

Lo recuerdo estos días en que, con motivo de la polémica sobre el bebé medicamento, como brutalmente lo llaman algunos medios, otra vez hay quienes condenan la ciencia en nombre de la religión y la religión en el de la ciencia; quienes querrían que el Estado se sometiera a la Iglesia y quienes querrían someterla a ella al Estado, o amordazarla; y quienes, desde el recíproco desconocimiento, caricaturizan la ciencia como prometeica soberbia y la religión como fanática irracionalidad. Si unos y otros frecuentaran las fuentes más serias del conocimiento de la ciencia y de la religión el diálogo y la discusión serían posibles. Como prima la ignorancia, lo que hay es griterío.

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