Sine die

Dichoso mes

Antes de la llegada de la vorágine navideña, noviembre sirve para verse con uno mismo y con lo más puro que nos rodea

Que comienza con los Santos y acaba con San Andrés. Acabó noviembre y con él se fueron las claves más definidas de esa estación tan especial que es el otoño. El verano es pachanguero y vulgar, la primavera tópica y típica, el invierno largo y monótono. El otoño, al menos para mí, es la estación más humana y noviembre su mes más representativo. Mes de los muertos, le han llamado, ya lo sé, y bien es cierto que pocos habrá que no tengan algún aniversario por defunción familiar en este mes. Pero si este es el mes de los muertos, el verano es patrimonio de los anestesiados y la primavera de los idos y visionarios.

En noviembre estamos los que somos, no es un mes de turismo, aunque la masa informe y borreguil que éste acoge acumula recursos para todo. Antes de la llegada de la vorágine navideña, noviembre es momento para verse con uno mismo y con lo más puro que nos rodea. Acercamiento a los conventos de clausura, paseos por el parque pisando hojas secas y oliendo a humedad, visitas a museos solitarios, estancias en templos vacíos gozando del arte y de momentos de meditación. Y tiempo para leer. Noviembre comienza con el Tenorio y me lleva a Bécquer. De estudiante iba a desayunar a la Venta de los Gatos -¡cielos, qué dolor de ella!- al atardecer me gustaba ir a Santa Inés y permanecer un rato en su compás rememorando a las vecinas descritas en la leyenda de Maese Pérez, momentos mágicos llenos de busilis. Imágenes de sus rimas por las calles de San Lorenzo, sonidos imaginarios de arpas abandonadas y tardes de vencejos que él prefirió llamar golondrinas, sin duda más bellas y poéticas.

Noviembre frío con olor a puestos de castañas y a tiendas de ultramarinos. Bécquer con su hermano Valeriano, escribiendo y pintando en Veruela, un monasterio abandonado al pie del Moncayo, como testigos de una época romántica que ya había pasado y a la que ellos llegaron tarde. Los españoles tenemos la impresión de haber llegado siempre tarde a todas partes, sobre todo a los movimientos sociales, culturales y a las líneas de pensamiento. A pesar de su mala fama, noviembre me parece un mes dichoso, como dice el refrán. Leer, ver llover a través de una ventana, escuchar la caída del agua surcando las canales, oler a tierra mojada, a castañas asadas o a caldo con yerbabuena por las noches. Vuelta a nuestra única patria, la infancia, como dijo Rilke. Noviembre, dichoso mes.

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