Coge el dinero y corre

fede / durán

Dinero sin movimiento

OCURRE en todo el mundo aunque no siempre con la misma intensidad. El poder económico confía en que el poder político anule al poder civil a partir de la premisa básica de que el dinero, especialmente en forma de deuda, esclaviza. Para expandirse, los políticos han necesitado a los banqueros y magnates, que han necesitado a los políticos. Unos han vendido sus almas en forma de crédito, otros de contrato, concesión o comisión. Ya saben, el flujo bidireccional de los favores.

Curiosamente, unos y otros necesitan asimismo a los ciudadanos, aunque con diferencias. La política los necesita cada equis años para sumar los votos que accionan las mayorías, pero también para maquillar de legitimidad sus victorias en función de la participación o de la mejoría allá donde antes caían con estrépito (el feudo enemigo). Los necesita para llenar polideportivos, vitorear, aplaudir y agitar bandeloras con las siglas bellas del partido. Los necesita para autoconvencerse de que el sistema es pulcramente democrático aunque alumbre alguna oveja negra de higos a brevas.

La economía oficialista los necesita mucho más a menudo: para consumir todo tipo de productos, hipotecarse hasta las cejas e invertir en estafas encubiertas como las preferentes. Los ciudadanos son los mineros que arrancan el carbón de la tierra para alimentar al gigante de fuego.

¿Qué ocurre cuando los políticos defraudan, roban o desvían? Que quizás no puedan presentarse a las próximas elecciones. Alguno incluso acaba en prisión; son los versos del poder a la cosmética. ¿Qué sucede cuando los tiburones defraudan, roban o desvían? Que los consumidores siguen consumiendo. Cinco años de crisis no han modificado una sola coma del texto fundacional capitalista.

Pero hay una forma de forzar la catarsis sin recurrir a la violencia. Hay una medida que dejaría fuera de juego al político y fuera de banquete al gigante de fuego: paralizar la producción a (casi) todos los niveles (la sanidad o las funerarias nunca pueden frenar): fábricas, oficinas, escuelas y estadios de fútbol (sí, también). Panaderías, restaurantes, piscinas y acuarios. Peluquerías, carpinterías y teatros. Paralizar. Indefinidamente.

Los políticos se inquietarían entonces, pero no por empatía con la plebe sino porque los otros, los jerifaltes del euro y el dólar, morderían el polvo del pánico. Sin movimiento, el dinero no vale nada. Y sin dinero no hay negocio, así que lo siguiente sería el Anticristo. Cabreados éstos, reaccionarían aquellos. En apretado contubernio, sopesarían sus opciones y concluirían que la cesión es el único camino. Medirían cada gramo de terreno perdido y lucharían a cara de perro por conservar el grueso de su montaña de privilegios. A pesar de los esfuerzos y el pataleo, sería la Primera Gran Derrota, la brecha inicial hacia un cambio de tornas donde el pueblo, al fin, tendría voto con voz. Lo malo de esta hipótesis es que presupone una unidad de criterio en la gente, como si la gente, en su propia existencia, no reprodujese los vicios de los tipos a quienes detesta.

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