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Rafael / Padilla

Un Dios discreto

LA reflexión es de Ratzinger y aparece en la segunda parte de su Jesús de Nazaret. Partiendo de la pregunta que Judas Tadeo le hace a Jesús en el Cenáculo -"Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?" (Juan, 14,22) -, el teólogo y Papa plantea la incomprensión del creyente ante la extrema discreción de Dios. En verdad, no es cosa nueva: en toda la obra de salvación divina, antes y después de Cristo, hay siempre sitio para la libertad individual. Él interviene en la Historia a su estilo, nunca imponiendo su voluntad, ofreciéndose para quien quiera recibirlo, susurrando sin descanso su revolucionario mensaje.

Hoy, en el día de la Resurrección, en el instante en que Jesucristo vence a la muerte y se constituye en el Viviente, la tentación permanece: ¿por qué no te has opuesto con tu poder -interroga Ratzinger- a tus enemigos que te llevan a la cruz?; ¿por qué, ya victorioso, no te muestras de un modo sensacional, irrefutable, inoponible? No hay demasiada diferencia entre esta perplejidad, que entiendo común en todos cuantos compartimos inquietudes y credo, y la burla hiriente de la plebe en el Gólgota: "Tú que destruyes el Santuario y en tres día lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!" (Mateo, 27,40).

Es, quizás, la constatación menos entendible: después de su muerte y durante el tiempo de su glorificación, las cosas no ocurren como todos pensaríamos. No hay milagros deslumbrantes, ni reinado obvio, ni exhibiciones de imperio. Todo permanece aparentemente igual, la fe sigue invisible a sí misma y el camino continúa apareciendo como una opción que incumbe a cada cual. Su intervención se convierte, así, en radicalmente personalísima: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él" (Juan, 14,23).

El Dios que abandonó el sepulcro sólo quiere reaparecer en el corazón de cada uno, habitar y vivir en él, transformar la realidad desde la conversión sincera y personal de cuantos acojan su plan humilde, comprometedor e íntimo.

Bien está que en las calles se grite hoy su triunfo y se exprese en común la alegría; pero ésa no fue jamás su idea. Él, Señor de los universos, desea resucitar en cada alma. Es ahí donde quiere ser buscado y encontrado. En la complejísima y recóndita Galilea de nuestras dudas, de nuestras derrotas y de nuestros anhelos, amorosa e incansablemente, nos aguarda.

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