José Ignacio Rufino

Dolores de España

Nuestra gran Lola Flores no sabría cómo maravillárselas en estos momentos críticos; ella nunca dio demasiada importancia a su propia planificación económica, y menos aun a su estrategia fiscal: tenía otras prioridades. De hecho, y gracias a Dios, no le toca al mundo del show business hispánico sino que le toca a Zapatero lidiar con los males que acosan a España, por mucho que en cada intervención pública nuestro presidente no se olvide, expeditivo cual central tuercebotas, de despejar a la grada cualquier balón que implique responsabilidad sobre el actual despiporre económico patrio, y mucho menos sobre el planetario. Igual que ante las inconveniencias es bueno que haya niños, lo es para su discurso la alusión a la bacanal financiera de Wall Street, a la Sodoma y Gomorra de un sistema capitalista que hay que refundar; a Bush, en fin. Y, sin embargo, no todo es ambiental, exterior y sobrevenido.

Aun teniendo "el mejor sistema financiero del mundo" y parte del universo, no podemos tampoco olvidar que aquí estábamos encantados de habernos conocido hace poco más de un año. Lanzados como Pantani Mortirolo arriba merced al cóctel dopante de ladrillo, crédito y consumo, no se ponía en cuestión nuestra fulgurante forma de adelantar en renta per capita a Italia, cuando en realidad estábamos engordando para reventar: no era músculo, era aire. Y no se hizo prácticamente nada para prevenir. A favor de corriente es difícil refrenarse, eso es cierto. Y nos han pillao con el carrito del helao.

Lola de España hubiera quizá solucionado el asunto del apuntalamiento de la banca con la misma genial idea que sugirió para poder pagar sus deudas fiscales: "Que cada español ponga una peseta por su faraona". Medida equivalente, en la situación actual, a que cada español avale o inyecte a la banca -todavía no se sabe bien-, pongamos, cincuenta euritos. Y no es que el resto (se calcula en 3.000 euros por español lo que le podría costar a las arcas públicas nuestro plan de reanimación de la banca) no lo vayamos a pagar indirectamente durante mucho tiempo, pero con esa fórmula aliviaríamos de forma más personalizada la carga a nuestro Estado-en-vías-de-tiesura, y daríamos luz a nuestro tristón panorama. Por España. Los menos patriotas opinan que cargar sobre nuestras espaldas las golferías de los bancarios y brokers de Estados Unidos, y la correlativa negligencia o falta de perspicacia de sus correspondientes en este lado del Atlántico, es como mandar a un hijo descarriado a un costoso centro de desintoxicación: sabes que te va a costar una pasta, pero no sabes si va a servir de mucho. Porque -me lo expliquen- resulta que se pretende arrimar calor financiero a una banca congelada, pero no se tiene certeza de que los premiados vayan a utilizar el regalo para darle al interruptor del crédito. Porque -¡oh paradoja!- cabe la posibilidad de que la cuestación o exacción a que se nos va a someter se aplique a sanear deudas. Y que las compuertas del pantano sigan cerradas, con lo que habríamos hecho el carísimo pan con unas hostias.

Digo yo que todos los españolitos sabemos lo que es justificar gastos. ¿Por qué no se pone la condición inexcusable de acreditar que el dinero flotador va adonde tiene que ir?José Luis de España, te imagino recogiendo los hombros y la cabeza con mucho temperamento, mientras haces palillos con coraje de estadista español, y te preguntas: "¿Cómo me las maravillaría yo?". No lo tiene fácil el Gobierno, y de nada sirve ya recordar que el epicentro surgió en Nueva York. Hay problemas que no provienen del espacio exterior. Son dolores propios de España.

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