La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Eduardo Recio

No sé si fue tan buen servidor del Nazareno por ser buen cristiano o tan buen cristiano por su intimidad con Él

Las seis de la mañana en un compás de San Antonio Abad en el que aún cabía la cofradía. Nazarenos sentados en los bancos, búcaros, túnicas de pana morada en el cuartito donde también están los altos y orondos miembros de la Junta de Gobierno y otros notables primitivos nazarenos que a los jóvenes nos imponían tanto respeto. Jesús Nazareno está enmarcado en la puerta, sobre su paso, más imponente que nunca, visible esa dulzura secreta que solo los más suyos conocen. Eduardo Recio, aún vestido con esa túnica que es a la vez mortaja y prenda de inmortalidad como nuestra Cruz de carey lo es de muerte y de triunfo sobre la muerte, se sube al paso para quitarle a su Nazareno las potencias de salida y ponerle las de diario. Era de verse el cariño de hijo y el respeto de devoto con que lo hacía.

Hace muchos años. Han invitado a mi padre a la reservada subida de Jesús Nazareno a su paso. Pidió permiso para que le acompañara. Estamos sentados los dos en la nave vacía. En la sacristía Eduardo Recio está vistiendo al Nazareno. Cuando ya sólo falta ponerle la túnica el hermano mayor nos invita a pasar. Eduardo lo está revistiendo de la gloria de su túnica de salida que después amarra con un cordón morado para que se amolden los pliegues de la rígida y fastuosa prenda. ¡Con qué tierno y sabio respeto lo trataba! Sabía lo que hacía y, sobre todo, para qué y para Quién lo hacía.

Eduardo Recio miraba al Nazareno como sus devotos más sencillos, anónimos y entregados miran al Gran Poder. El que sabe de estas cosas entiende lo que quiero decir. No muchas miradas tan entregadas y devotas como la suya ha conocido y conoce este Señor que guarda en el santo de los santos de sus ojos un secreto de dulzura que la davídica altivez de su gesto custodia celosamente. No sé si fue tan buen servidor del Nazareno por ser buen cristiano o si fue la intimidad con el Señor la que iluminó su vida ejemplarmente cristiana, parte de la que esta buena persona dedicó al voluntariado en hospitales. En su tránsito recuerdo un antiguo cuento judío. Falleció un modesto y piadoso sastre y al llegar al Cielo vio que Abraham, Moisés y Elías le recibían alborozados. "He procurado ser un buen judío y nunca he dado una puntada sin bendecir al Señor, pero no me creía merecedor de estas fiestas" les dijo. A lo que ellos contestaron: "Es que ahora habrá quien cuide con piedad nuestras resplandecientes vestiduras".

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