Azul Klein

Charo Ramos

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Ejemplaridad

Aún se puede suscribir la petición para nombrar a Manuel Herrera Hijo Adoptivo de Sevilla a título póstumo

La semana pasada volvimos a echar mucho de menos a Manuel Herrera en el estreno de Gugurumbé, el espectáculo sobre el mestizaje musical y las raíces negras de la danza española en el que, entre otros aciertos, Fahmi Alqhai y Antonio Ruz han enrolado a varios de los mejores artistas flamencos de su generación, como Dani de Morón y Rocío Márquez. En el patio de butacas del Maestranza nos faltaba él, que tanto disfrutaba cuando aquellos jóvenes a los que, años atrás, había dado sin dudarlo una oportunidad, se arriesgaban por senderos nuevos.

Desde que falleció en octubre, numerosas personas y colectivos como la Unión Flamenca han suscrito la iniciativa puesta en marcha por su equipo fiel de la Bienal, José M. Sousa, María José Moguer y María Antonia Ruiz, quienes de la mano del último director del festival, Antonio Zoido, piden el nombramiento de Manuel Herrera Rodas como Hijo Adoptivo de Sevilla a título póstumo "por tratarse de la máxima distinción con la que esta ciudad honra a los ciudadanos que, sin haber nacido en ella, se han distinguido por relevantes méritos personales al servicio a la colectividad y han de servir de ejemplo a las generaciones actuales y futuras". Así lo explica esta petición a la que cualquier persona o colectivo puede adherirse hasta el próximo domingo enviando su nombre completo y su DNI al correo electrónico manuelherrera.hijoadoptivo@gmail.com.

Manuel Herrera dedicó toda su vida a la defensa y divulgación de la cultura andaluza y el flamenco. Ahí están sus grandes logros, por todos conocidos, como fundar la peña El Pozo de las Penas y el festival de La Mistela, dirigir tres ediciones de la Bienal y crear la primera programación estable de flamenco de Sevilla, Los Jueves Flamencos de la Fundación El Monte (luego, Cajasol), que entre 2000 y 2019 dio cabida a todas las grandes figuras y permitió debutar a las nuevas generaciones de artistas que han convertido a la capital andaluza en una genuina factoría flamenca.

A todos esos méritos añadiría en el contexto dramático e incierto que afrontamos su tesón en los momentos difíciles y su afán por crear comunidad. Siempre estuvo ahí cuando se le necesitaba, apoyando a los que empezaban y a los artistas que carecían de pensión cuando llegaba la edad de jubilación. A Manolo se le podía consultar en los momentos de vacilación porque su idea del éxito no tenía que ver con el aplauso sino con trabajar poniendo todos los sentidos en lo que se tuviera entre manos y en no traicionarse ni a uno mismo ni a los demás. En estos tiempos de influencers y falsos profetas que abandonan el camino a la primera curva, su ejemplaridad se merece todas las distinciones y esos homenajes que la pandemia ha obligado a postergar por no poder reunirnos en su nombre con la cercanía y calidez que nos hubiera apetecido.

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