la ciudad y los días

Carlos Colón

Elogio de los cofrades

EL pregón de la Semana Santa lo inventaron los cofrades para anunciarse a ellos mismos lo que de sobras saben que va a pasar. Entre otras cosas porque ellos son quienes lo crean dando vida a las hermandades que, al echarse a la calle en forma de cofradías, hacen posible la Semana Santa. Todo lo demás -los devotos y la bulla soberana, tan vitales para la Semana Santa- viene después. Los tatarabuelos de los tatarabuelos de los actuales cofrades encargaron y pagaron a Mesa, Montañés, Ocampo o Roldán las imágenes sagradas que hoy son patrimonio artístico, además de religioso, de toda la ciudad.

Sus tatarabuelos mantuvieron las hermandades vivas cuando en la primera mitad del XIX parecía que iban a extinguirse. Sus bisabuelos y sus abuelos reinventaron la Semana Santa de las Antúnez y Teresa del Castillo, de Rodríguez Ojeda y Olmo, de Gómez Zarzuela, Font de Anta y Farfán, de Torres y Centeno, de Tarila y Rafael Franco. Sus abuelos y sus padres fundaron nuevas cofradías o dieron vida a las antiguas sorteando tempestades históricas y eclesiales.

Por todo ello lo primero que se les debe es agradecimiento. O por lo menos, si no se viven estas cosas de la Semana Santa, el respeto que merecen quienes han dado a la ciudad uno de sus más importantes patrimonios. No son la Semana Santa, pero la hacen posible. La partitura de esta ópera sagrada o cantata popular son los Evangelios y las imágenes. Pero ellos son los productores, directores, escenógrafos y solistas. Los devotos y la bulla soberana son la orquesta y el coro.

Y todos los demás son el público, unas veces más respetuoso y otras menos.

¿Que entre los cofrades hay de todo? ¿Y dónde no? Señáleseme una actividad humana -cultural, religiosa, solidaria, científica o artística- en la que no haya de todo y entonces estaré de acuerdo con sus críticos más feroces. Agradecimiento o cuando menos respeto -en mi caso las dos cosas- merecen estos hombres cuyo más bello elogio hizo Manuel Chaves Nogales, liberal, progresista, probablemente agnóstico y poco aficionado a estas cosas . Pero conocía Sevilla, era inteligente, carecía de prejuicios y por eso escribió en 1935 el artículo La gloria del cofrade, cuyo conmovedor final les regalo: "Estas flores frescas [que tras la procesión ponen sobre sus tumbas] son toda la gloria que aguarda a los cofrades, esos hombres humildes de las barreduelas sevillanas (…) que se pasaron la vida trabajando silenciosamente en su tallercito y se murieron sin más ambición que la de añadir unos hilillos de oro o unas libras de cera o plata al tesoro de su Hermandad". Continuará mañana.

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