el poliedro

José / Ignacio Rufino

Emilio Botín, el banquero del Reino

Emilio Botín ha sido con mucho el banquero más relevante de España, y su sagacidad está fuera de cualquier duda

LA muerte de Emilio Botín ha sido el acontecimiento de la semana, y más que probablemente el acontecimiento empresarial del año. Cientos de semblanzas se han publicado sobre el banquero cántabro y global, y muchas de ellas desde una perspectiva que obvia los hechos empresariales que jalonan su fulgurante vida de hombre de negocios, y prefieren a la hora de acometer el perfil tirar por la su condición de plutócrata principal de España: el morbo que da escribir sobre el hombre más poderoso del país. O mejor dicho, el que lo fue durante años y hasta la madrugada del miércoles. Síntomas gráficos de su incontestable preponderancia podemos mencionar dos a vuelapluma: aquella vez en 2012, en Brasilia, cuando bajó al vestíbulo de su hotel a darle la mano y una palmada en el hombro a un Juan Carlos I rodeado de una legación comercial de diplomáticos, empresarios y asesores vestidos de terno oscuro, mientras él lucía bermudas y polo rojo, rojo Santander y ya entonces rojo Ferrari también; y aquella otra ocasión en 2011 presidente Zapatero convocó a los empresarios señeros en Moncloa, y don Emilio llegó el último, salió con todo el garbo posible del coche en tirantes y corbata rojos, y se colocó ante los fotógrafos la chaqueta sólo después de caminar unos buenos pasos con cierto aire a la americana, desenfadado y algo socarrón. Síntomas, como decimos, aunque la materialidad numérica y esencial de su influjo en la historia de la economía contemporánea española es evidente.

Otra cosa es la patética nueva entrega del frentismo nacional que la muerte de Botín ha suscitado. Tengo para mí que la vida de un hombre de estas características tiene, como la de los actores famosos, algo de cinematográfica, de meta-vida, de vida paranormal, de irrealidad. Por tanto, es normal que la gente diga lo que quiera del deceso sin exigencia ética de atenerse estrictamente a la debida discreción y respeto que se aplica a los fallecidos cercanos de a pie. Y es lógico y no debe escandalizarnos que se hagan chistes, como se hicieron llegado el momento sobre Franco o sobre Errol Flynn: en el fondo, ratifican la grandeza -al menos, por el tamaño de su presencia- del personaje. Otra cosa son las pasadas de frenada de algunos periodistas que buscan chupar cámara con una estrategia de diferenciación profesional nauseabunda (Salvador Sostres ha escrito: "Lo fundamental para un país son sus ricos, la turba es intercambiable"... y aquí ando yo haciéndole el caldo gordo al túrbido sujeto), y otra más los vivas a esta muerte que han pululado con cierta intensidad en las redes sociales. Y otra también, algo gratuita y con pretensiones, la postura de quienes han asumido el magno óbito como algo casi familiar, indignándose y contraatacando laudatoriamente.

Dejando por un momento de lado la discusión filosófica sobre el oficio de banquero y la controversia sobre la licitud democrática del mucho poder fáctico, Emilio Botín ha sido un gran banquero, el mejor que ha conocido España. Lo es en cuanto a sus resultados, a su expansión internacional, a su capacidad de innovar y adaptarse a los cambios del entorno e incluso a su innegable condición de marcador de tendencia. Le guste a usted eso de la Marca España o no -yo tengo mi propio debate personal sobre ello-, dicho artefacto de imagen de país es cosa de Botín. Y Londres salpicada de Santanderes en blanco sobre rojo, y la mayor financiera de consumo de Alemania y... Botín -su banco- ha sido el menos salvado o ayudado de los bancos españoles, y ha lanzado flotadores al propio Estado en momentos críticos, si bien es cierto que todo ello sucedía en medio de un círculo vicioso de compra y venta de deuda pública. Desde que se quedó con Banesto en el 94 y con el Hispano en el 99, adquirió y mantuvo su liderazgo, e incrementó sus niveles de empleo y éxito corporativo. Lo que es, es.

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