Visto y oído

Antonio / Sempere

Encierros

MUERTO el perro, se acabó la rabia. Sólo erradicando los encierros se lograría ese nirvana utópico con madres sin el corazón en un puño, temiendo por la suerte de sus retoños, y sin ciudadanos avergonzados por el estupor de esa estampa que se repite cada año. Todo lo demás, como incrementar las medidas de seguridad o recortar la participación, son eufemismos. Parches que a nada conducen. Las tradiciones lo son a fuerza del paso del tiempo. Si los encierros se sustituyesen por otra cosa, transcurridos veinte años los mozos más jóvenes se habrían criado en esa otra cosa, y esa y no otra es la que verían como tradicional.

Los sucesos acaecidos este año han jugado en contra de los puristas y los defensores de las esencias. Los mozos que han estado a punto de morir, y que deberán pechar con secuelas muy serias de por vida, eran corredores experimentados, no novatos, no extranjeros, no tarambanas.

Sé que lo que solicito es predicar en el desierto. Nada cambiará. Y todo seguirá igual porque a estas alturas, y cada año más, el centro de Pamplona se ha convertido en un gran plató televisivo. Un plató de un ojo que todo lo ve tan enorme que, cuando un mozo tenga un percance, sea donde sea, no se librará de ser captado por una cámara, o por varias, para transmitir a los espectadores su dosis de morbo estival. A estas alturas de la película a nadie se le escapa que de los impactos mediáticos se benefician, a partes iguales, todos los implicados. Por un lado, las empresas de comunicación; por otro, una ciudad a la que la fama genera riqueza.

En este caso, qué curioso, una ciudad del norte, con altísima calidad de vida.

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