La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Entrando dentro de sí mismos

¿Hay correspondencia entre el barullo 'kitsch' de anoche y la serenidad de los Sagrarios siempre solos?

El romero que hoy alfombrará las calles, el minúsculo repique de las campanas de la Giralda protegida por las santas Justa y Rufina, el ingrávido paso de la Inmaculada siempre sustraída del tiempo y el espacio o la prodigiosa y culta arquitectura alzada por Juan de Arfe tienen su origen hace 2000 años, en una cena celebrada en Jerusalén y presidida por un Dios angustiado en la víspera de su muerte, y en una bula de trágico título -Transiturus de hoc mundo (Estando para partir de este mundo)- dada en Orvieto hace 755 años, el 11 de agosto de 1264, por el papa Urbano IV.

En ella se escribe: "Aunque este sacramento sagrado sea celebrado todos los días en el solemne rito de la misa, creemos útil y digno que se celebre, al menos una vez en el año, con una fiesta más solemne (…). Pues en el Jueves Santo, día en que Cristo lo instituyó, la Iglesia universal, ocupada en la confesión de los fieles, en la bendición del crisma, en el cumplimiento del mandato del lavatorio de los pies y en otras muchas sagradas ceremonias, no puede atender de lleno a la celebración de este gran sacramento. (…) Es preciso cumplir este deber con el admirable sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, que es gloria y corona de todos los Santos, para que resplandezca en una festividad y solemnidad especiales (…) y para que los fieles, al acercarse esta festividad, entrando dentro de sí mismos, pensando en el pasado con atención, humildad de espíritu y pureza de conciencia, suplan lo que hubieren cumplido defectuosamente al asistir a misa. (…) Que cada año, pues, sea celebrada una fiesta especial y solemne de tan gran sacramento (…) el primer jueves después de la octava de Pentecostés. (…) Que en el mismo día (…) todo el clero, y el pueblo, gozosos entonen cantos de alabanza, que los labios y los corazones se llenen de santa alegría; cante la fe, tremole la esperanza, exulte la caridad, palpite la devoción".

Permítanme destacar una bella expresión de este texto fundacional: "Entrando dentro de sí mismos". Alude a silencio, interioridad, meditación, quietud, hondura, serenidad. Lo que se encuentra ante los sagrarios casi siempre solos. Juzgue cada cual si hay correspondencia entre esta realidad, el barullo kitsch de anoche y la larga comitiva que esta mañana -como un uróboros, la sierpe que se come la cola- entrará en la Catedral cuando aún no ha acabado de salir. Parece que las cuentas no cuadran.

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