ESPAÑA vive hoy pendiente de Kiev. El destino nacional no parece que se esté decidiendo este primer domingo de julio en las sedes institucionales de Bruselas, ni en las representaciones virtuales de la Bolsa o los mercados financieros, sino en el estadio de la capital de Ucrania en el que un selecto grupo de nuestros deportistas disputa el Campeonato de Europa de fútbol a sus más brillantes colegas italianos. La selección de España parte con ventaja: es la campeona europea, es decir, defiende el título que ya conquistó hace cuatro años, y también es la vigente campeona del mundo (lo logró hace sólo dos años). Pero esta prejuicio de ser favoritos supone también un inconveniente. Exige más, es el enemigo a batir por todos y el adversario ya estudia y conoce cómo jugarle, lejanos ya los tiempos en los que nuestra participación en estas competiciones significaba una reiteración de frustraciones e impotencia. El caso es que España, en materia futbolística, es una gran potencia, y paradójicamente lo ha conseguido en los años en que el país ha dado un salto hacia atrás en casi todos los parámetros de su vida pública. De la economía a la solidez de las instituciones, del bienestar a la cohesión social, de la imagen al estado de ánimo colectivo, los indicadores de la fortaleza de una sociedad se han estado agrietando mientras los jugadores de fútbol que nos representan en la escena internacional crecían y alcanzaban la gloria para ellos y para la nación. Otra paradoja: eso ha sido posible por la coincidencia de una generación de futbolistas que han añadido a su enorme talento y su innegable dotación técnica una serie de cualidades y valores (espíritu de sacrificio y lucha, esfuerzo, solidaridad, competitividad, humildad...) que no son precisamente los dominantes en otros ámbitos de nuestra convivencia, y que han sido potenciados y desplegados por un seleccionador, Vicente del Bosque, capaz de ejercer un liderazgo que tampoco es el más frecuente en nuestra dirigencia. Esta noche España ganará o no, que el azar también interviene, pero ya está entre los mejores en el fútbol mundial, y los españoles han depositado en este equipo toda su esperanza quebrada por la crisis, el desempleo, la prima de riesgo y demás males que los aquejan hasta la desesperanza.

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