el poliedro

José / Ignacio Rufino

España va bien, matemáticamente

Los modelos matemático-económicos tienen tanto lustre como a veces peligro para la gente corriente

LAS matemáticas son una materia esencialmente intelectual y abstracta, pero que resulta indispensable para otras ciencias y técnicas a la hora de comprender las cosas e intervenir en ellas. Mediante el uso de modelos matemáticos se explica el universo, pero también cosas más prosaicas y en apariencia más útiles para los que somos profanos, como calcular un puente; la investigación matemática está siendo crucial para nuevas vías de lucha contra el cáncer, por ejemplo. Paradójicamente, la ciencia económica vive de los modelos matemáticos, a pesar de que por lo general no funcionan para predecir la realidad del comportamiento de las magnitudes económicas, y en no pocos casos ni siquiera para explicarla, sencillamente porque en muchos casos parten de asunciones y premisas tan ortodoxas como equivocadas acerca de cómo piensan y actúan agentes económicos como los consumidores, los ahorradores, los inversores o las empresas. Aun así, la Economía está enamorada de la matemática compleja, y la investigación económica vive de ella o está proscrita por friki, cuando sólo está claro que una parte de la ciencia económica, la contabilidad -la que más difícilmente se puede vender como verdadera ciencia de ringorrango- vive de la más trivial matemática, la aritmética: sumar, restar, multiplicar y dividir. Eso es todo. La complejidad de la vida y de la realidad de las relaciones de intercambio dinamita buena parte de los lucidos y lustrosos modelos matemáticos que intentan describirlas y explicarlas y -la clave del fiasco- predecirlas. El gran Alan Greenspan, presidente de la autoridad monetaria estadounidense durante años y hasta 2006 -tipo listo-, reconoció cuando ya no tenía mando en plaza que el modelo económico con el que él había explicado siempre las pautas monetarias, de crédito, inflación, deuda o paro estaba equivocado, y por eso no se había enterado de lo que se venía encima. Ya se ocupó la gente que hace las cuentecillas con los dedillos de enterarse a pura bofetada de realidad. Otros economistas ven la luz cual Saulo de Tarso también justo al caerse del caballo del poder político (porque si hay una política poderosa, ésta es la política económica). Jean-Claude Juncker, que fue el jefe del Eurogrupo (reunión permanente de ministros económicos de la zona euro), dio muestras de sentido común nada más dimitir del cargo, eureka: Alemania no era tan virtuosa -que lo es en buena medida, negarlo olería a envidia- como dice el axioma, sino bastante ventajista en el transcurso de la crisis, y su éxito se explicaba al menos en parte por el martirio de otros. Parece como si los modelos matemáticos fueran corazas técnicas con las que transitar la metarrealidad de la acción política económica de los mundos más sabios y misteriosos. Una vez despojados de ellas, los primeras figuras piensan como cualquiera, con sentido común, que viene a ser un criterio simple y compartido acerca de los fenómenos y los acontecimientos. Afortunadamente -y quizá por pura supervivencia de la disciplina económica- los modelos económicos han soltado lastre cuantitativo, o al menos han abierto su arsenal técnico a lo cualitativo, así como al comportamiento humano y la psicología.

Pero la economía sigue de moda, al menos para un presidente del Gobierno tan ufano de haberse conocido como brujo económico, y que ya percibe el follón de los mítines y los autobuses en campaña. Esta semana llevaba escrito un argumentario sólido sobre el éxito de su política económica, que no si no es del todo perfecta por culpa de Zapatero. Cuando presumió por tercera vez de haber rebajado radicalmente la prima de riesgo, como si eso no hubiera sido obra y gracia de Mario Draghi y su grifo de euros, tuve que cambiar de sintonía y ponerme musiquita.

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