la ciudad y los días

Carlos Colón

Ética o censura de mercado

TODO es más antiguo de lo que parece. La autocensura de la que tanto se habla, llamándola código deontológico, con relación a las televisiones fue creada por los estudios de Hollywood en 1930. Se llamaba Motion Picture Production Code y fue elaborada por el abogado Will H. Hays, cuyo nombre quedó desde entonces unido a esta forma de autocensura pero fue mucho más: nada menos que el arquitecto del poderoso Sistema de los Estudios de Hollywood. Él, contratado por los productores, lo organizó desde que en 1918 ganaron la batalla contra el trust de Edison, presidiendo la Motion Picture Producers and Distributors of America en 1922. Era el primer ensayo de un nuevo trust que al principio agrupaba a las tres productoras entonces más poderosas -Famous Players Lasky, Metro Goldwyn y First National- y que pronto se convirtieron en las famosas cinco grandes -Metro Goldwyn Mayer, Fox, Warner, Paramount y RKO-, y las tres pequeñas -United Artist, Columbia, Universal- que, junto a Disney, controlaban Hollywood. Los estudios prefirieron autocensurarse a través del llamado Código Hays en vez de afrontar la censura estatal que en los años 20, y tras algunos sonados escándalos, reclamaban las poderosas organizaciones religiosas y cívicas cuyo poder de movilización y de boicot a las salas de cine y las películas temían los estudios.

Todo es más antiguo de lo que parece. Un cambio en el sistema de patrocinio de los programas televisivos acabó con la edad de oro creativa y crítica de la televisión norteamericana, provocando el desembarco en el cine de los talentos más libres e inquietos de la que llegaría a ser conocida como la generación de la televisión, entre la que figuraban Mann, Lumet, Frankenheimer o Ritt.

Lo de la retirada de la publicidad de La Noria es una etapa más en el complejo juego de poderes entre los anunciantes o patrocinadores y las empresas cinematográficas o televisivas. Un juego en el que el público es también el árbitro. Porque el objetivo final no es la autorregulación deontológica sino la conquista de espectadores y audiencias. No se retiran los anunciantes de La Noria por razones éticas -en este caso deberían hacerlo de otros muchos programas- sino puramente publicitarias. ¿Beneficia o perjudica a la marca aparecer en un programa fuertemente cuestionado en las redes sociales? Es difícil saber si esta espectacular retirada de anunciantes es una conquista social que ayudará a limitar los excesos de la telebasura o si se trata de una forma de censura de mercado que responde únicamente a criterios comerciales. Lo primero sería positivo; lo segundo, peligroso.

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