Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Exageraciones urbanitas y rústicas

Estamos acostumbrados a que la violencia y el delito encuentren más acomodo en la gran ciudad

Ocurre que el urbanita estresado, convertido a la religión rural una vez instalado en medios más o menos rústicos -si así puede seguir definiéndose un entorno cada vez más inundado por adosados, todoterrenos, centros comerciales y fibra óptica-, predica a sus viejos conocidos que aún siguen dando brazadas para no ahogarse en la tempestad de la ciudad las excelencias que ha encontrado en su nueva vida, entre las que sobresalen la tranquilidad del lugar -cómo repiten la palabra paz: "Qué paz se respira aquí", insisten con machaque, como si el resto viviésemos en la Sarajevo de 1993-, y el ritmo pausado -ah, ¿es que no es pachorra?- y la llaneza -amabilísima forma de referirse con complicidad a las tarugadas- de sus nuevos vecinos. No es ninguna novedad, si bien la novelería, acompañada del consiguiente negocio especulador, llegó a estos lares algo después. Pero es antigua la estampa del urbanita que busca la desintoxicación definitiva y se marcha al campo... O es empujado a él, que también. Recuérdese (y sobre todo revísese) El prisionero de la Segunda Avenida, película de Melvin Frank basada en una vitriólica obra de teatro de Neil Simon en la que el desesperado personaje de Jack Lemmon es llevado a regañadientes al chalé en el que su hermano, ya apartado de la ciudad, ha encontrado esa paz, ha rejuvenecido con una piscina y, por lo tanto, es mucho más feliz que en la metrópoli, causante de los síncopes y de las depresiones de quienes la habitan. Entretanto, la cuñada enseña a su mujer -la gran Anne Bancroft, que levante el dedo quien no deseó alguna vez arruinar su vida con Mrs. Robinson- a relajarse pintando sillas o removiendo estiércol con las manos, a pelo. Gratificante, sí, y muy campestre.

Algún atractivo debe tener el asunto. Lo de la paz... puede ser, pero no lo tengo tan claro como otros, a tenor de algunas noticias. Estamos acostumbrados a que la corrupción, el escándalo, la violencia, el delito y todo lo que está relacionado con la parte más desalmada y depravada del ser humano encuentren más acomodo, expresión, desarrollo y ejecución en la gran ciudad, con sus bosques de hormigón preservando el anonimato y ofreciendo sombra a -mal que nos pese- un importante (y negro) sector económico que deja grandes beneficios a quienes andan metido en ellos, de los cuales no pocos viven en una mansión en el campo y hasta son tenidos por próceres o "buena gente" del municipio. Mientras, en algún pueblo, un hombre ataca a su cuñado con una catana y los quinquis dan con un filón temporal en las farmacias, y en otro en una cabalgata de reyes se lanzan al público desde una carroza tuercas del quince. Del género bucólico.

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