ARosa Díez, estrella refulgente, aunque menor, en el panorama de la política española, le sabotearon una conferencia en la Universidad Autónoma de Barcelona. Recibió insultos y zarandeos, piedras y salivazos, y tuvo que hablar en un aula más pequeña de la prevista para garantizar su seguridad.

Los reventadores fueron sólo unas decenas de jóvenes de ideología independentista, los mismos -o de la misma estirpe- que días atrás le gritaron torturador a Ibarretxe, y antes algo parecido a Fernando Savater. A la líder de Unión, Progreso y Democracia (UPyD) la llamaron asesina y fascista. El periódico Público añadió infamia a la agresión titulando el incidente de esta manera: "La Universidad Autónoma de Barcelona le canta las cuarenta a Rosa Díez".

Menos mal que la Autónoma de Barcelona es algo más, mucho más, que estos energúmenos. Le chillan fascista a Rosa Díez sin saber que los fascistas son ellos. Quizás piensan que su proclamado independentismo les inmuniza contra el virus del fascismo. Ahora bien, el fascismo no es sólo ni principalmente una ideología -eso se puede adquirir con cuatro libros mal digeridos y algunas malas compañías-, sino una actitud y un comportamiento. Como todo totalitarismo, el fascismo trata de imponerse por la fuerza, considera enemigo al adversario y, como tal, le niega el derecho a expresarse libremente. No trata de convencer mediante la palabra, sino de amedrentar mediante la porra (y liquidar, llegado el caso). La forma en que Hitler y Mussolini ganaron, además de las elecciones, la calle ilustra a la perfección unos métodos que todos los totalitarios han utilizado en mayor o menor grado.

También en la universidad española. De un tiempo a esta parte proliferan los grupos de ultras de uno u otro signo que tratan de coartar la libertad de todo el que no piense como ellos. Que sean muy minoritarios y más ruidosos que efectivos no les quita importancia. Tenemos que dársela: así comenzaron a actuar en las universidades vascas los abertzales y han terminado por imponer una atmósfera asfixiante y convertir algunas facultades en viveros de terroristas. Ya saben lo que pasa con los huevos de serpiente.

No es tan difícil abortar estos movimientos de fanatismo e intolerancia. Bastaría con que los profesores y estudiantes demócratas arropasen a cualquier orador en riesgo de agresión, los decanos llamasen a la fuerza pública para asegurar la libertad de palabra contra sus enemigos y las autoridades y partidos políticos condenasen cualquier agresión, sin confundirla con "cantar las cuarenta". Aunque, pensándolo bien, sí que es difícil conseguir este elemental cierre de filas en un país tan sectario, banderizo y oportunista.

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