La lluvia en Sevilla

Flama

En Canadá tienen centros de refrigeración para soportar el calor. Aquí tenemos El Corte Inglés

Advierte por la radio un experto de que la chicharrera dramática que están viviendo en Canadá bien nos puede caer encima el día menos pensado. Habrá quienes bromeen con la idea de que, total, son sólo unos pocos grados más, que eso se cura con gazpacho, que ya saltó otra apocalíptica del cambio climático. En los últimos tiempos ha surgido una suerte de personas que, más que pensar en si están a favor o en contra de algo, deciden si ese algo existe o no. Como si la realidad acaso dependiera de que la aceptemos. Esta tendencia, anticientífica y antiintelectual, hace más daño que el humo. Ciega y obceca.

Quizá -eso sí- en Sevilla estemos más preparados que en Vancouver para luchar contra estos elementos. Poquito más, no crean. La falta de toldos en el centro hasta bien entrada la calor (dicho en femenino, como solemos) es un artículo que escribo cada año en estas fechas. Este año podría volver a escribirlo con más motivos que en los anteriores, ya conocen el lío con la empresa adjudicataria. En Canadá han abierto centros de refrigeración donde los paisanos van a echar la tarde al fresco. En Sevilla, hay quien se guarece, disimulandillo, en El Corte Inglés. La sabia arquitectura y urbanismo que heredamos de otros tiempos se fue al garete hace mucho tiempo en las edificaciones y avenidas de nueva planta. Para comprobarlo no hay más que darse un paseo por nuestras barriadas. El calor se resuelve con máquinas de aire acondicionado, que añaden calor al calor de los ardientes patinillos. Esos purgatorios de azulejo que tanto se estilan en las fachadas de templos como el de San Pedro (tuve un novio que me ponía sistemáticamente delante de esas ánimas con tal de que localizara yo al pajarito casamentero y no hubo manera, y así nos fue), esas almas a fuego vivo en las calderas de Pedro Botero representadas en dichos retablos a mí me dan fatiga, porque también representan un poco la cola de vacunación en el Estadio de la Cartuja (a la que hoy tengo que volver), y la espera al sol a que los semáforos tornen a verde, la montonera a la puerta de la oficina del Distrito para llevar un papel a mediodía, o cualquier otra estampa del resistero hispalense. Sabemos pegarnos a la pared si hace sol, y apartarnos de ella cuando viene la sombra, sabemos de abanicos, sabemos que, aquí, el toque de queda oficioso, en cuanto arrecia, es de tres a nueve de la tarde. Tantos siglos de flama nos tendrían que haber cundido más en remedios contra el calor. En algunas ciudades de calor como la nuestra hay zocos nocturnos, donde las gentes van a comprar con la fresquita. En ciudades de flama como la nuestra, los señores van a trabajar en pantalón de lino en crudo, zapato calado y guayabera. Recuperar costumbres sabias, implantar nuevas y hacer propios usos sensatos de otras tierras vence al calor. Y da alegría.

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