Flamenco en pureza

En el pequeño teatro se realizan ejercicios y sesiones de improvisación

Pureza del flamenco de Triana y una feliz visita a la Escuela de la Fundación Cristina Heeren en la calle Pureza. Hace unos días, Pepa Sánchez, la hija de los queridos Naranjo y Esperanza, máster en Arte y directora académica de la escuela, me recibe acompañada de Silvia Calado, periodista de alto nivel que lleva la comunicación de la institución. Vamos a hablar sobre la escuela de flamenco y como preámbulo recorremos la casa que la aloja, que me lleva a los tiempos de la infancia.

En una de las casas de enfrente pasé muchas tardes de domingo con mi abuela y mis primos, entre juegos y meriendas de barquitos Loly y torrijas. Nostalgias de la Triana de siempre que aparece viva y pujante en la tarea que llevan a cabo con el flamenco. En el patio despiden a Milagros Mengíbar, que acaba de terminar una clase de manejo del mantón a un grupo de alumnas. Y saludamos a Pastora Galván, a la que seguimos unos momentos en una clase magistral. Varios alumnos siguen sus evoluciones y marcas, acompañados por la guitarra y el cante. Todas las clases son con música en vivo. Lujo de enseñanza en la que te puedes cruzar por los pasillos con estudiantes de todo el mundo y con el saludo efusivo y la voz clara, con un toque de ironía, de José el de la Tomasa: "Cada día tienes más pinta de director de orquesta". Lo que tu digas José. Para terminar el recorrido visitamos el pequeño teatro decorado en azul de la escuela, donde se realizan ejercicios y sesiones de improvisación y que abren al público varias tardes en semana. De lujo en lujo. Flamenco en la calle Pureza.

Se respira el entusiasmo y la dedicación de las antiguas academias de arte, de pintura y de flamenco. De García Ramos a Rico Cejudo y Jiménez Aranda. De Caracolillo a Matilde Coral en Triana. De Pericet y Enrique el Cojo en San Juan de la Palma. De Realito y Adelita en la Alameda. De aromas de los viejos escenarios del Teatro San Fernando y del Álvarez Quintero puestos al día. Entramos unos instantes en una pequeña clase donde Esperanza Fernández ejerce su magisterio al cante, el de los Puya de la Cava. Un grupo de alumnos sentados en abanico escuchan sus indicaciones. Una de las discípulas entona un cante con gusto y acierto. Los compañeros la observan y recuerdo las aulas de Dibujo, con Alberto Balbontín, Pérez Aguilera y cómo aprendíamos sólo con ver a los maestros manejar el carboncillo y la manera en que los más aventajados resolvían las dificultades de enfrentarse a una estatua de Fidias.

Un día, en la sede de la calle Fabiola de la Fundación Cristina Heeren, apareció una pintada que ponía "el duende no se aprende". Pepa y otros pensaron que "el duende no se enseña", pero qué mejor manera de acercarse al misterio que estar cerca de los maestros y rodeados de compañeros entusiastas y plenos de talento, como María José Pérez, Jeromo Segura, Rocío Márquez, Gastor de Paco, Laura Vital, Luisa Palicio, El Choro, Lucía Álvarez La Piñona y tantos otros, hasta seis mil, que ya emprendieron el camino.

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