La tribuna

Francisco J. Ferraro

Formación contra la crisis

VIVÍAMOS en un espejismo: la propaganda oficial sobre "la juventud mejor formada de la historia", justificada en el aumento de las tasas de escolarización y los avances en la titulación de la población, nos hizo creer que habíamos superado el secular retraso educativo español, incluso nuestra tasa de titulados universitarios (28% de la población entre 25 y 64 años) superaba a la de la UE (24%) y a muchos países a los que tradicionalmente hemos considerado como referentes. Pero desde el primer informe PISA se han venido sucediendo informaciones que cuestionan la calidad de nuestro sistema formativo y, en consecuencia, las restricciones de nuestro capital humano para sostener un sistema productivo más competitivo, necesariamente soportado por más tecnología y conocimiento.

El último diagnóstico, realizado por la Agencia Andaluza de Evaluación Educativa entre 161.000 escolares, agrava los anteriores sobre las limitaciones de los estudiantes en lectura, escritura y comprensión lectora. Pero existen otros muchos indicadores que ponen de manifiesto las limitaciones de nuestro sistema formativo. Posiblemente el más escandaloso sea el nivel de fracaso escolar (en España no finaliza la ESO el 30% y no completan sus estudios el 49%), lo que además significa un dispendio de recursos económicos del 0,5% del PIB al año.

Algunas de las muchas restricciones de la educación en Primaria, Secundaria y Bachillerato en las que coinciden muchos diagnósticos son la ausencia de la cultura del esfuerzo, la escasa utilización de las TIC, la pérdida de autoridad de los profesores, su elevado nivel de absentismo y los escasos incentivos para su cualificación, la inestabilidad de los planes docentes, las polémicas estériles (Religión, Educación para la Ciudadanía), el fracaso de la enseñanza de idiomas, etcétera. En cuanto a la formación universitaria, su amplia autonomía contrasta con la escasa responsabilidad social y competencia entre universidades, habiendo generado un sistema con elevada endogamia y poca capacidad de adaptación a las necesidades formativas de la población y del mercado de trabajo, lo que está visualizándose en la resistencia a la adaptación al proceso de Bolonia. La formación profesional por su parte, a pesar de algunas mejoras recientes, sigue teniendo escasa consideración social, lo que se traduce en el bajo número de estudiantes (uno por cada tres universitarios, frente al equilibrio en la UE) y en cualificaciones no suficientemente adaptativas a las necesidades del mercado de trabajo.

Tras este diagnóstico somero también se esconde la escasa inversión relativa (4,3% del PIB frente al 5,3% de media en la UE) y, especialmente, la baja inversión privada. Pero no es sólo un problema de inversión, sino también de orientación de las políticas educativas. Es ampliamente compartido que la formación es la inversión más rentable para un país, pues determina el capital humano que es el factor fundamental de crecimiento, y es la mejor herramienta para propiciar la igualdad de oportunidades. Este segundo objetivo ha primado sobre el de la eficiencia en el sistema educativo español, pero los resultados no parecen demostrar que haya sido un éxito, pues los hijos de padres profesionales tiene 4,5 veces más probabilidad de acceder a la universidad que los hijos de padres no cualificados, y en estos últimos el fracaso escolar es veinte veces superior a los hijos de padres con mayor cualificación, lo que además se refuerza con un gasto relativo en becas en España 6,5 veces inferior a la media de la OCDE.

Reformar el modelo educativo no es fácil, pues no basta con disponer de más recursos, sino que exige mejorar la formación del profesorado, la responsabilidad de estudiantes y familiares, revisar los currículos y los métodos de formación (adquisición de habilidades frente a la memorización de contenidos tradicional), etcétera. Cambios que exigen tiempo para su maduración y que encontrarán la oposición de muchos de los actores del proceso, una oposición que implica costes políticos para los responsables públicos que tienen que activar las reformas.

Dada esta complejidad y la demora en sus efectos, algunos pensarán que no tenemos tiempo si queremos que la reforma educativa sea un arma contra la crisis, pero de la crisis saldremos y el problema será en qué condiciones, pues las restricciones en nuestra capacidad competitiva pueden determinar que pasemos un largo periodo de bajo crecimiento, alejándonos progresivamente de los niveles medios de renta de los países más desarrollados del mundo. Ante ello, y dado que nuestra competitividad no la podremos basar en bajos costes de producción, nuestra solución inexorable es un nuevo modelo de crecimiento en el que el capital humano, y con él la innovación, la capacitación tecnológica y el emprendimiento, sean las armas para alumbrar un futuro de progreso. Y para ello, la reforma del sistema educativo es una tarea colectiva que no podemos aplazar.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios