UNO, sobrado de trienios, tuvo la oportunidad de asistir a los orígenes de la fórmula en España. Fue Alberto Oliveras quien introdujo en nuestras ondas un espacio, el mítico Ustedes son formidables, en el que se apelaba a la solidaridad ciudadana para hacer frente a tragedias más o menos espectaculares. Durante dieciocho temporadas (de 1960 a 1977), siempre al conjuro de la Sinfonía del Nuevo Mundo, allí encontraron alivio penurias, desgracias y catástrofes. Luego, quizá porque al país había que atiborrarlo de modernidad y de purpurina, esas miserias cotidianas pasaron a ser invisibles: empezó a considerarse de mal gusto la exhibición de la pobreza, del dolor, de la enfermedad; esos asuntos, por otra parte, ya no competían al corazón del prójimo, sino a la utópica y lejana justicia de las leyes; ante cualquier horror, la reacción cabal no era arrimar el hombro, sino intensificar los decibelios de un griterío tan yermo como interesadamente teledirigido.

En el apogeo del Estado de bienestar el formato apenas asomó. Envuelto en deslumbrantes galas, servía esporádicamente para demostrarnos la rara excepcionalidad de un determinado propósito, el que fuera, por supuesto insólito en la acabada perfección de nuestro inobjetable paraíso..

Hoy, cuando el artificio se desmorona sin remedio, otra vez resurgen intentos de activar y encauzar la sempiterna y asombrosa bondad humana. Programas como Tiene arreglo o Entre todos, tan hipócritamente denostados, procuran acudir, sin morbo ni lentejuelas, allí donde la herida sangra, construir una verdadera cadena de ayuda mutua, pragmática, eficaz e inmediata. Comparto lo que hace unas fechas afirmara en estas mismas páginas mi compañera Ana Laura Cabezuelo: son el mejor ejemplo de nuestra capacidad para unirnos ante las adversidades, de la sensibilidad que, por fortuna, aún conservamos como pueblo compasivo y generoso. Si acaso, añado un matiz: al tiempo, ambos han servido para descubrirnos la calidad humana y profesional de la mejor comunicadora televisiva que yo he conocido: Toñi Moreno, entrañable antidiva en zapatillas que quiere y sabe hacer admirablemente suyas las desventuras ajenas, imparte cada día -viene de antiguo, lo hizo en 75 Minutos- una soberana lección de naturalidad, de empatía, de magnífico hacer, de humildad y de elegancia de espíritu. Ella, y cuantos responden incansables y conmovidos a la llamada, verdaderamente siguen siendo formidables.

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