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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Fraternidad

Convendrá recordar algunas cosas. Anteponer el 'yo' al 'nosotros' tiene un precio en política. O debería tenerlo.

España es, ciertamente, ese país que no necesita enemigos externos: nos bastamos y nos sobramos solitos para llevarnos a la gresca y meternos en follones. Al mismo tiempo, y no sin cierta paradoja, este mismo país ha desarrollado un cierto sentido de la fraternidad que ha cristalizado con especial visibilidad desde la Transición: tras el 11-M, tras cada atentado de ETA, tras cada catástrofe natural, tras cada avión accidentado y tras cada infortunio han corrido mensajes de solidaridad acompañados, y de aquí lo de la fraternidad, por acciones de ayuda bien concretas con sus debidas inyecciones económicas. Era de esperar que con la crisis del coronavirus esta misma querencia comunitaria aflorara, y así ha sido. Es cierto que Pedro Sánchez ha actuado tarde y mal, que debieron suspenderse las movilizaciones por el 8M y que durante demasiados días la información por parte del Gobierno ha sido confusa y hasta contradictoria. Es cierto que Pablo Casado ha dado muestras de deslealtad, ha acusado demasiadas ganas de sacar rédito electoral a la situación y se ha situado lejos del político de altura que la España conservadora merece. Pero también lo es que la unidad no se ha fracturado, en parte por una sociedad civil que ha ido por delante y que se ha mostrado dispuesta a asumir las dificultades con entereza y madurez.

No obstante, para ser precisos, sí que ha habido cierto resquebrajamiento de esta fraternidad. Y ha venido de donde siempre: del nacionalismo catalán y el vasco. Si algo de bueno puede tener esta crisis es el modo en que han quedado retratados ante todo el mundo, otra vez, y por si había dudas, cuando han tenido la mínima oportunidad. Que Torra se refiriera al estado de alarma como un "155 encubierto" ante el aplauso de Urkullu, y que Clara Ponsatí mostrara la infamia más atroz con su mensaje "De Madrid al cielo" nos pone, de nuevo en la más legítima posición para decir que ya está bien, que se acabó, que deberían irse, que estamos hartos, que ninguna sociedad, ni catalana, ni vasca, ni española, se merece tener a gente tan rastrera al frente. Que luego Pablo Iglesias desencadenara una crisis de Gobierno en el momento menos oportuno, rompiendo la cuarentena y dándose toda la prisa del mundo por parecer dotado de mayor sensibilidad social que el vecino, acabó de cerrar el círculo. Se puede entender de qué va esto o no entender nada en absoluto. Medallas, las justas. Y más ahora.

Así que convendrá recordar algunas cosas cuando todo esto acabe y volvamos a la playa. Anteponer el yo al nosotros tiene un precio en política. O debería tenerlo.

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