La ciudad y los días

Carlos Colón

Fundación

PRIMERO, la casa. En 1550 la Hermandad de Ntra. Sra. de los Ángeles compró los tres solares en los que hoy se alza su capilla. Después, las Reglas. En 1554, la antigua corporación creada en 1393 se convirtió en la actual Hermandad de penitencia. Por fin, en 1634, llegó el Cristo de la Fundación a su Hermandad y su capilla. Los negros lo compraron a buen precio al pintor Pablo Legot, en cuyo estudio estaba desde la muerte de Andrés de Ocampo. No se sabe por qué este Cristo, que había esculpido para las Indias en 1622, en la plenitud de su arte y un año antes de su muerte, no fue entregado y quedó en el taller del imaginero. Ni por qué lo heredó el pintor, ya que Andrés había legado sus obras a su sobrino Francisco de Ocampo. El caso es que ello permitió a la modesta Hermandad hacerse con la espléndida imagen del famoso maestro, cuyo encargo difícilmente hubiera podido pagar.

461 años después de que los negros compraran la capilla y 377 después de que llegara a ella, el Cristo de la Fundación está expuesto en besapié. El amor, que es más fuerte que la muerte, vence también al tiempo. Sobre el liso dosel azul marino, casi negro, el cuerpo desplomado. La gravedad parece vencer a la Gracia. Cae, como deslizándose por el mástil de la cruz, la carne rendida a la muerte. Pide la tierra su presa. No hace falta que le quiebren las rodillas: los pies clavados ya no pueden alzar agónicamente el cuerpo, que ahora cuelga con el peso absoluto de la carne muerta, sólo sostenido por los clavos que atraviesan las manos.

Abandono de la cabeza, que se abate en ángulo recto sobre el pecho, ocultando el rostro. Abandono del cuerpo, que traza una ese trágica al impedir los pies clavados su total desplome. Abandono de la vida, coagulada ya la sangre que manó de las heridas ahora frías. Abandono de los suyos, que no hay Cristo más solo que Fundación, ya esté en el universo eclipsado de su altar morado o sobre el túmulo caoba de su paso. Pero acompaña tanto esta soledad, conforta tanto este desvalimiento y hay tanta vida en esta muerte, que nadie puede dudarlo: verdaderamente este hombre era el hijo de Dios.

Suena el Oficio de Difuntos de Tomás Luis de Victoria. Crean los cirios claroscuros zurbaranescos. Se hace escultura el crucificado que dibujó San Juan de la Cruz. Podría estar sentado en uno de los bancos don Miguel de Unamuno, meditando ante Cristo crucificado: "¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?... Miras dentro de Ti, donde está el reino de Dios; dentro de Ti, donde alborea el sol eterno de las almas vivas". Y creerá alguno que esto es sólo un artículo folclórico, otro más, sobre capillitas y cofradías…".

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