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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Galdós y los placeres gustosos

El ancho río de historias y placeres que hace que amemos la literatura y el cine lo alimentan estos autores

Arriba Galdós, abajo Galdós. No esperaba que el centenario del gran escritor resucitara viejas polémicas entre escritores y críticos. Pero así ha sido. El lector común, sin embargo, siempre le ha sido fiel. Por lector común entiendo el no especializado. También Dickens, a quien tanto admiraba Galdós, tuvo y tiene detractores. Y el lector común le ha sido y le es fiel. Los grandes maestros del siglo XIX y de los primeros años del XX han tenido, tienen y espero que tendrán lectores tan fieles como espectadores fieles tuvieron y tienen los maestros del cine clásico.

Nunca se ha producido una fusión tan completa entre creación y entretenimiento como en la novela del siglo XIX y el cine del siglo XX, heredero en tantos sentidos el segundo de la primera. Lo mejor para el mayor número de lectores o espectadores posibles. Y todos tan contentos: autores, editores o productores y público. No todo tiene por qué ser esto, desde luego. Queda espacio por arriba para el riesgo y la dificultad, y queda por abajo para lo más fácil y hasta para lo vulgar. Pero el ancho río de historias y placeres que hace que amemos la literatura y el cine con un amor no necesariamente arrebatado pero si estable y fiel, un amor matrimonial por así decir, lo han cavado y lo alimentan estos autores y directores que nos han proporcionado tantas horas de placer inteligente y confortable.

Todo muy burgués; pero es que esta literatura fue escrita no solo, pero sí sobre todo, para las clases medias emergentes. Como las películas del cine llamado clásico americano y europeo, que no todos los sueños se fabricaron en Hollywood ni tiene menos aura la imagen de Gabin besando a Michèle Moran mientras suena la música de Maurice Jaubert en El muelle de las brumas que las de Gable besando a Vivien Leigh mientras suena la de Max Steiner o Bacall diciéndole a Bogart lo que hay que hacer para silbar.

Todo muy convencional y hasta vulgar si quieren. Mainstream -convencional y mayoritario- dicen esos clasistas a su modo que son los pedantes. Pero qué gustoso es dejarse llevar por esta cálida corriente, leyendo palabras y viendo imágenes tantas veces leídas y vistas por otros ojos. O por los nuestros cuando eran más jóvenes y leíamos los gruesos y viejos tomos de Aguilar, trabajados por tantas lecturas, de Galdós, de Dickens o de Palacio Valdés que habían comprado nuestros padres en Sanz o en Pascual Lázaro.

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