desde mi córner

Luis Carlos Peris

Ginés cumplió con su obligación

La decisión de impedir que el título se celebrase con una ensalada babélica, en el punto de mira inexplicablemente

SÓLO hay que darse una vueltecita por las mal llamadas redes sociales para comprobar la que le están dando al seleccionador nacional de la sub-19 por impedir que la celebración por el título europeo derivase a babélica; babélica de Torre de Babel, no de otra cosa. Hay que ver la de cosas que le están diciendo al ciudadano Ginés Meléndez, que así se llama el hombre, por haberle quitado de las manos a un asturianín la bandera azul del Principado en plena celebración. Como suele ocurrir en estos casos, las descalificaciones e insultos están a la orden del día y del muy socorrido epíteto de fascista hacia abajo le dicen de todo.

A un servidor, que puede ser acusado de cualquier cosa menos de fascista, le ha parecido muy bien que Ginés Meléndez ejecutase las órdenes de la superioridad a pesar de que ese Gran Hermano que es la televisión lo desvelara para que le complicase la vida y le caiga la que le está cayendo. El hombre sólo hizo obedecer órdenes, por lo que desde este rincón obviamos su papel para focalizarlo en Ángel María Villar, que es, no se olvide, de Bilbao. Si tiene mérito haber tomado la decisión de que los éxitos de España se celebren únicamente con banderas del Estado, de España, más meritorio resulta aún que dicha medida la tome un tío de Bilbao.

Convendría que nos aviniésemos a razones recordando que cuando Brasil gana un título, nadie porta una enseña de Minas Gerais, de Bahía o de Sao Paulo; asimismo, Deschamps y su gente no llevaba banderas que no fuesen la tricolor, ni Cannavaro y compañía exhibieron símbolos del Piamonte, de la Lombardía o del Freuli. El problema ha sido, al parecer, que el chaval Muñiz no sabía nada de esto y quiso emular a un Villa que ya no subió a coger la Copa del Mundo con la bandera azul de su tierra. Creo que la pluralidad de nuestra nación no tiene por qué convertir la celebración por un triunfo deportivo en una ensalada tan cromática como babélica.

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