En tránsito

eduardo / jordá

Grandeza humana

ESTA semana murió en Sevilla, a los 75 años, el sindicalista Fernando Soto. Es probable que mucha gente ignore quién era este hombre, pero en estos tiempos en que tanto se habla de la Transición -y cuando se está intentando deslegitimarla desde algunos sectores de la izquierda más rupestre y más analfabeta, aunque esté representada por profesores universitarios-, conviene recordar a personas como este metalúrgico de un barrio obrero que se jugó el tipo en los años durísimos del franquismo.

Fernando Soto ingresó en el PCE y en Comisiones Obreras en 1959, cuando eso significaba casi un riesgo mortal. Conoció varias veces la cárcel y en el proceso 1001 fue condenado -junto con otros líderes sindicales- a 161 años de prisión. Quedó en libertad con la amnistía de don Juan Carlos, en 1975, pero en vez de pedir venganza y un juicio político para sus carceleros, apostó por la cordura y la generosidad -igual que sus compañeros de sindicato-, y prefirió perdonar a sus perseguidores y a todos los que le habían hecho la vida muy difícil por el simple hecho de exigir unas condiciones laborales decentes. Y cuando lo más fácil era exigir venganza, optó por lo más difícil y aceptó por completo el pacto político de la Transición, que no quería imponer una visión de la historia de España con vencedores y vencidos. Hay que ser muy grande para hacer eso, pero Soto y sus compañeros -con Marcelino Camacho a la cabeza- supieron hacerlo.

Me pregunto qué pasaría en nuestro país si nuestra clase política poseyera una centésima parte de la grandeza humana que tenían Soto y sus compañeros de las ilegales Comisiones Obreras del franquismo. Hoy en día hay muchos jovencitos -y no tan jovencitos- que han vivido muy bien y muy protegidos durante toda su vida, y que encima se permiten despotricar contra los protagonistas de la Transición, a los que llaman traidores y cobardes, a pesar de que muchos de ellos no habrían sido capaces de hacer ni una milésima parte de las cosas que hicieron Fernando Soto y sus compañeros. Y en estos tiempos, además, en que se desprecian los derechos de todo tipo y se vuelven a imponer las condiciones laborales del siglo XIX, vale la pena recordar a los que supieron jugarse el tipo por el bien de todos. No abundan las personas con la grandeza humana de Fernando Soto. Y si fuésemos un país serio sabríamos honrar su memoria como se merece, porque si algo bueno hemos tenido como país, ha sido gracias a personas como él.

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