Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Hacer caja

EN plena bonanza, cuando nadie imaginaba el gran viraje de la economía, se sabía que la fusión de las cajas de ahorros andaluzas era necesaria como expresión de pujanza de una comunidad en plena transformación, y también para competir en mejores condiciones con las grandes cajas españolas que extendían aquí sus redes. El aliado de las entidades externas fueron los localismos irreductibles. A las ventajas de la unión se antepusieron cuestiones como qué ciudad albergaría la sede central, la imposibilidad de perder señas de identidad local o cualquiera de los argumentos que habitualmente obstaculizan la superación de la provincia como escenario del acontecer, lo que, con frecuencia, se traduce en provincianismo.

Con la crisis del sistema financiero, la estructura atomizada de las cajas se ha revelado como una de las patologías del país. En pocos meses, el mapa de las entidades de ahorro ha sufrido su mayor transformación histórica. Un proceso que contrasta con la percepción risueña de que aquellas son emblemas de identidad local. Ahora se suceden los emparejamientos de intereses alejados geográficamente entre sí y nadie se rasga las vestiduras o, en su caso, las sotanas.

El acuerdo de los partidos para favorecer la creación de una caja andaluza potente es una gran noticia cuando ya cuartea el cartón piedra de la "Andalucía imparable" que se paró. Al consenso político se unen los movimientos de Unicaja y Cajasol para pujar conjuntamente por Cajasur, hasta ayer santo y seña irrenunciable de Córdoba, a la que ya sólo puede evitar su salida de Andalucía el éxito en el empeño de aquéllas. Operación que supondría, para la entidad resultante de las tres -la cuarta en importancia de España-, 84.000 millones de euros en activos, cifra equivalente al 73% del PIB regional.

Pero hay algo más. Sin esa integración, las cajas andaluzas estarían abocadas a fusiones frías con entidades de otras comunidades autónomas, desarbolando el efecto político, en términos de identidad y proyecto autonómico. Y, a la vez, reduciendo capacidad constructiva a una comunidad que, siendo la mayor de España, carece de una entidad financiera que responda a su relevancia demográfica.

Ante una propuesta determinante para el futuro de Andalucía, en un marco económico que no volverá a ser el de antes, resultaría decepcionante e irresponsable que el sentimiento localista arruinase la idea. En definitiva, cabe esperar que en el diseño de una gran entidad andaluza -si no única, sí grande- prime el sentido común, que no esta reñido con la eficiencia, lo que también implica reducir al mínimo el impacto de la fusión sobre el empleo.

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