Acción de gracias

Hacer pan

Esa mujer parecía saberlo: que bienes tan cotidianos como el pan y el vino encierran una insospechada trascendencia

Esta semana, en un programa de cocina dedicado a los Maestros del pan, una señora explicaba cuál era su jornada: se levantaba de madrugada para preparar las masas y hornearlas y, después, a lo largo del día, atendía su establecimiento, vendía ese producto a los clientes, consagraba casi todas sus horas -las restantes eran para el sueño- a su trabajo. Lo admirable era que no se percibían indicios de cansancio en su semblante, sino una rara paz, pese a todo el esfuerzo. Contaba aquello con una tímida sonrisa, con un destello de orgullo asomando a sus ojos, consciente de que perpetuaba así una costumbre milenaria, convencida tal vez de que esa rutina discreta tenía algo de diálogo con los dioses. Esa mujer parecía saberlo: que bienes tan cotidianos como el pan y el vino encierran una insospechada trascendencia.

Ese mismo día, una escritora a la que admiro me agradecía las preguntas que había preparado para su entrevista, valoraba mi mirada -eso dijo- sobre su libro. Aquel cumplido me cogió desprevenido, con el ánimo permeable, la piel fina, y me emocionó. Pensé entonces en que, como esa mujer de la panadería, yo también creía, creo, en el trabajo bien hecho, en que, no importa el oficio que desempeñes, has de entregarte a él con el esmero y la paciencia del artesano, darle sabor y forma a tu cometido, como si amasaras también una barra de pan. Aquel reconocimiento me conmovió, y sé que no fue por vanidad: venía a ratificar la importancia de la disciplina, del compromiso con la labor que cada uno defiende. Permítanme que les hable de mi sector, de mis colegas, porque yo no estoy -nunca lo estuve- solo. A menudo, editores y autores señalan con asombro el buen nivel de los periodistas culturales de Sevilla, de este y de otros medios, que gastan esa preparación concienzuda, ese respeto al trabajo, de los que les hablaba. Cuando Paco Camero, este jueves, rescataba una cita de Dickens en la crónica de la charla con la que Javier Cercas abría la Feria del Libro, estaba también haciendo un espléndido pan a su modo; cuando la cita de la Plaza Nueva anunciaba su premio al gran Manuel Sollo, de RNE, distinguido junto a mis admirados Pepe Serrallé o Irene Reyes-Noguerol, respaldaba su fidelidad a los oyentes, a sí mismo.

Sé que mis amigos volcados en otras profesiones conciben su labor con la misma seriedad. Pese a las circunstancias del momento que vivimos, la precariedad y el desánimo, ellos dan clases, investigan en un laboratorio, diseñan las tripas de un avión, trazan sus ilustraciones, cuidan a sus pacientes o venden libros con esa rara paz y el orgullo de aquella panadera, y hacen las cosas para que también crujan al morderlas, para que también llenen el estómago, para que sacien de alguna forma el alma.

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