Visto y Oído

Antonio / Sempere

Hermano mayor

SERÁ por hermanos mayores durante esta Semana Santa. Pero hete aquí que tengo la suerte de cruzarme con uno muy singular, Pedro Aguado, el hermano mayor más catódico. Prueba de ello es que mientras charlo con él se forma un enorme corrillo de adolescentes con móviles dispuestos a llevarse una imagen. Le adoran.

Tras felicitarle por el programa, nobleza obliga, pregunto por su inminente futuro. Me informa de que han grabado la séptima temporada, que ya está lista para su emisión, pero que no sabe cuánto saldrá en antena. Ellos dan el producto acabado, y la cadena decide. Ahora que los de Cuatro andan tan desnortados, reparo en el valor que deberían conceder al espacio que nos ocupa. No es Hermano Mayor un programa cualquiera. Para la cadena que lo acoge significa un valor seguro. Una piedra angular sobre la que edificar su nuevo bloque.

Harían muy bien los de Cuatro en guardar la nueva temporada de Hermano Mayor para el próximo otoño, y no quemarla antes. Harían bien en emplearla como una pieza clave con la que articular su nuevo organigrama, su nueva parrilla de la programación. Tan necesaria ahora que los que debieran ser sus buques insignia como Dreamland se les desmoronan.

Me cuenta Pedro Aguado que una entrega de Hermano Mayor les lleva diez días de grabación, diez días de convivencia con la familia afectada. Es poco teniendo en cuenta los cambios que se experimentan. Pero todo eso es secreto del sumario, y sobre los aspectos de régimen interno no hablamos. La muchachada ha tomado cuerpo y a estas alturas son más y más los jóvenes que se le acercan. Hermano Mayor puede rescatar a la gran familia rota de Cuatro.

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