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rafael / sánchez Saus

Hipocresía al límite

HACE sólo unos días las televisiones de este país se llenaron de imágenes de personas que en las más variadas actitudes mordían o hacían ademán de morder un plátano. Con ello, nos decían, se trataba de mostrar solidaridad con un joven mulato de ojos azules, estrella del fútbol, multimillonario y famoso, al que en pleno partido se había querido ofender y desconcentrar del juego arrojándole una pieza de fruta. El futbolista había mordido con rabia el plátano, demostrando con ello la dignidad e inteligencia que le faltaban al ofensor. Bien por Dani Alves, recordado lateral del Sevilla ahora con la camiseta azulgrana, aunque todo el circo montado al instante alrededor de su gesto se me antojó uno de esos excesos mediáticos y políticamente correctos cuya frecuencia va en continuo aumento.

Quizá, sobre todo, porque ya entonces, y desde el 14 de abril, más de doscientas jóvenes de la misma raza que el astro futbolístico sufrían un infierno inimaginable tras su secuestro y reducción a esclavitud por parte de los islamistas nigerianos de Boko Haram, espanto sobre el que, a estas alturas, les supongo informados y cuyos terribles pormenores no es necesario referir. El escasísimo eco que un acontecimiento de esa naturaleza ha tenido en la opinión pública mundial durante semanas y hasta que los grandes de este mundo, empezando por Barack Obama, repararon en su existencia, contrasta, más aún, chirría de forma insoportable, con lo del plátano y su transformación en centro de campañas y polémicas en las que, a rebufo del famoso, todos compiten a ver quién es más guay.

El silencio cruel, el desentendimiento total con la leve excepción de algunos medios confesionales en internet, con la suerte de cientos de mujeres de raza negra caídas en manos de esclavistas y de violadores, ¿respondía al hecho de que éstos también son negros? ¿A que son musulmanes y sus víctimas cristianas? ¿A que los problemas de África sólo interesan cuando asoman por la valla de Melilla? ¿A que las organizaciones sociales, humanitarias y feministas que deberían estar incendiando las redes son capaces también de hacer acepción de personas ante este horror?

La hipocresía ya no es hoy el tributo que el vicio rinde a la virtud, como aseguraban Wilde o La Rochefoucauld, sino el enfoscado de estupidez colectiva que tapa la miseria moral de un mundo sin apenas humana esperanza.

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