Por montera

Historias de mi tía Lola

Para ella, esa lágrima transparente era más hermosa que una piedra de Tiffany

Estaba yo fregando los platos en casa de mi tía Lola. Ella vino hacia mí con su mano derecha extendida reclamando un momento mi atención. En principio, lo que me estaba queriendo enseñar era algo tan diminuto que resultaba imperceptible a mis ojos. Su mano abierta con la palma hacia arriba era blanca, tanto como por el dorso. Siempre ha tenido unas manos preciosas que ha sabido mover con gráciles movimientos que dibujaban su elegancia en el aire. Durante el simple gesto para recomponer la posición de sus gafas sobre la nariz, empujaba el puente de las lentes con el dedo corazón elevando, sobre todo el meñique, hasta un poco más allá de su ceja. De todas las casas, de todos los hogares en los que ha vivido en sus casi noventa años, este es ahora su palacio lleno de pequeños recovecos de donde va sacando las cosas que le han ido acompañando a lo largo de su vida. Son auténticos tesoros que me llenan de fascinación. Aún conserva el primer dormitorio que compró, calculo que hace más de cuarenta años. Se componía de un cabecero iluminado que abrazaba la cama con una especie de mesillas de noche. De pequeña, aquel dormitorio de terciopelo azul azafata era una de las zonas favoritas para hacer jugar mi imaginación. Mi tía Lola no ha sido rica en dinero, pero sí ha convivido entre grandes lujos. El hecho de que viva en París, desde muy joven, ya le cubre de un halo fascinante. Ella todo lo convierte en una joya. En el mercado, cuando coge con su delicada mano un jengibre, termina dándole personalidad al tallo. Le habla como si fuera un ser vivo. A ella le da igual que los cuerpos sean inertes. A falta de perro que, siempre ha tenido en casa, decidió autorregularse un gigantesco gato negro de trapo. Es tan grande que ocupa un tercio de la cama. Lo tumba sobre el edredón, le coloca bien las patas y lo peina mientras le habla. Creo que he heredado de ella el hecho de hablarle a las cosas porque he pillado, en mas de una ocasión, a mis hijos riéndose cuando saludo a los edificios o le digo hola a mi casa al cruzar la puerta. Cuando mi tía Lola se acercó a mí venía hablándole a un pequeño diamante que acababa de recoger del suelo. Lo acurrucaba como si estuviera herido. Era una de esas piedras que adornan las coronas de princesa que venden en los chinos. Para ella, esa lágrima, transparente, cobijada en el cuenco de su mano era más hermosa que una piedra de Tiffany. Así es mi tía Lola, la que me enseña la formidable dimensión de las pequeñas cosas.

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