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Julián aguilar garcía

Abogado

Huelga de educación

Nuestros hijos se ganarán la vida con conocimiento y capacidad de esfuerzo, no con ideología

De entrada, desharé el equívoco: no me refiero aquí a la falta de educación generalizada y creciente (debe ser una conquista de la transversalidad) en nuestra sociedad, donde los malos modos y la grosería parecen no sólo obligados sino un mérito. Me refiero a la decisión de no acudir a sus centros de algunas personas vinculadas al ámbito de los colegios, institutos y demás, en fechas recientes, reivindicando lo que estimaran oportuno.

Otra aclaración preliminar necesaria: al parecer sí que se produjo esa huelga o, más bien, conato, amago, embrión de huelga. Lo leí en el periódico y me inclino a creer que no era falso. Ciertamente no se notó en la calle ni en los centros de enseñanza, pero debió de producirse esa huelga ("deber de" es expresión correcta: implica probabilidad, y no obligación moral, como lo denotaría "deber", sin el "de", lo que aclaro para las víctimas de nuestro cambiante sistema educativo). Tal vez el hecho de que la secundaran menos personas que ministros tenemos en el ¿Gobierno? (lo cual no es difícil) contribuya a explicar esa paradoja de la invisibilidad huelguista.

Tampoco voy a entrar en el aparentemente obvio ánimo político de los que secundaron esa inactividad legalmente consagrada. Es mi percepción, pero acaso me equivoque y en todo caso ni me preocupa especialmente ni me sorprende (aunque en teoría las huelgas no pueden ser políticas, sino exclusivamente para la defensa de los intereses -cabe entender que laborales, no políticos, religiosos o cinematográficos- de los trabajadores. O eso dice la Constitución, ese texto que tan poco se cumple).

Lo que me lleva hoy a escribirles es la perplejidad, el desconcierto, el asombro que me produce el -seamos generosos- elenco de razones esgrimidas, o más bien blandidas (esto va más de garrote que de florete), por los convocantes. Para mi sorpresa y estupefacción, no escuché a ninguno de ellos exigir que los padres tuviéramos más libertad para tomar decisiones en relación a la educación de nuestros hijos, ni que se respetase a los profesionales de la educación privada o concertada tanto como también merecen los de la pública. Y, sobre todo, lo que me dejó anonadado, turbado, fue comprobar que nadie demandaba incrementar el nivel de exigencia para profesores y alumnos, nadie rogaba que hubiera más formación para el profesorado y más controles de calidad, nadie pedía medidas que aseguren que nuestros hijos terminan sus estudios pudiendo leer un texto de una mediana complejidad y entendiéndolo, siendo capaces de expresar ideas de cierta sofisticación de manera oral y escrita, teniendo rudimentos aritméticos y habiendo algo más que saludado la epidermis de algunas "cositas" llamadas idiomas, historia, biología, física, lengua española, geografía y tantas otras.

Llámenme rarito, especial, pero creo que nuestros hijos recolectarán las habichuelas con conocimientos, habilidades y capacidad de esfuerzo. No con ideología. Salvo que se integren en el ¿Gobierno?, claro.

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