La tribuna

manuel Bustos Rodríguez

La Iglesia postsinodal

AL poco de llegar Francisco a la sede de Pedro, escribía yo, desde mi oficio de historiador, que el proceso de reconducir la Iglesia hacia una identidad católica más plena y consciente, valga la expresión, difícilmente podría conseguirse si la línea tenuemente puesta en marcha por Juan Pablo II y Benedicto XVI no era desarrollada por su sucesor. Y es que los signos apuntaban en ambos pontificados, preferentemente, en esa dirección. Muchos católicos se sentían por ello consolados y animados, tras los duros avatares del período posconciliar.

En España, entre 2005 y 2011, coincidiendo básicamente con el Pontificado de Benedicto y la Presidencia de Zapatero, se vivió un tiempo de movilización del catolicismo como no se había conocido prácticamente desde antes de la Guerra Civil. El desafío lanzado por el Gobierno contra la Iglesia, la familia, la unidad nacional, la libertad de educación y a favor del aborto eran tan extremos, que desde diferentes ámbitos de la sociedad (Cope, Conferencia Episcopal, movimientos de la Iglesia, entre otros) se sintió la necesidad de reaccionar, recurriendo incluso a la manifestación pacífica en la calle. Fue una época, con el cardenal Rouco y el PP opositor en primera línea, de fuerte presencia pública de los católicos. De mostrar con fuerza la visión cristiana de la familia y la defensa de la vida. Y de igual manera sucedió en otros países.

Los cambios posteriores dentro de los medios de comunicación, el episcopado y el propio PP han contribuido a ralentizar, cuando no a frenar, el proceso. Éste ha coincidido en parte con la llegada del papa Francisco. Con su Pontificado se ha abierto un tiempo nuevo. Quienes participaron de aquel esfuerzo, han ido viendo en cierta manera muchas de sus expectativas frustradas, mientras las heterodoxias de toda índole dentro de la Iglesia, nunca apagadas en el último medio siglo, algunas claramente heréticas, han alzado el vuelo, al sentir cómo su causa podía encontrar ahora un mayor eco. Sus promotores, los viejos y los posteriormente añadidos al grupo, han vuelto a proclamarla con osadía a los cuatro vientos, creando confusión.

Sin duda, los cambios de los últimos años lo han propiciado, y, ciertamente, no nos referimos sólo a los organizativos, por tantas razones necesarios, sino a los que afectan a la coherencia y fortaleza misma del mensaje cristiano. Los instrumentos utilizados han sido, fundamentalmente, de varios tipos: sustituciones en cargos importantes, ambigüedades en ciertas iniciativas y propuestas que generan desorientación, especialmente en temas vinculados al matrimonio (el reciente Sínodo ha sido muestra de ello); relaciones con otras religiones y creencias, que relativizan la necesidad misma de la evangelización, etc. Todo inserto en un clima proclive a concesiones arriesgadas, donde la mayor preocupación no parece residir tanto en el afianzamiento de una fe ya muy debilitada frente a los duros tiempos que vivimos en el terreno religioso, cultural y moral, cuanto en la cesión ante el pensamiento dominante, y en un recrecido interés por lo político y socio-económico, con evidente regocijo de los ambientes secularistas. Ni que decir tiene que tales aspectos tienen su importancia, pero ya hay movimientos ciudadanos, ONG y partidos que luchan abiertamente por ello.

No parece, pues, que deba ser esto lo prioritario para la Iglesia, urgida de arreglar su propia casa y proclamar a la vez, con nitidez y sin ambages al mundo y a los hombres, el contenido completo de la Revelación de Dios, sus implicaciones más allá de lo caritativo, señalando a la vez cuál es el camino a seguir para llegar a la vida eterna, dentro de la mejor tradición de la Iglesia. Es ahí donde se justifica su existencia. Asimismo, ha de salir en busca del hijo pródigo, pero sin dejar de confirmar en la fe a quien se mantiene fiel, no sin dificultades, en la casa.

Se trata, pues, de un deber imperioso e ineludible, para ejercerlo a tiempo y a destiempo, y hoy de manera muy especial. Por importantes que nos parezcan los demás temas, no pueden constituir lo específico de la Iglesia, ni es lo que los hombres han de esperar de ella. Son muchos quienes le piden palabras de vida eterna; las que no les dicen los políticos. Su futuro, en definitiva, dependerá sin duda de la voluntad de su fundador Jesucristo, pero también de lo que sus responsables sean capaces de hacer aquí y ahora con ella.

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