Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Indicios

AUNQUE una fecha señalada es una mera convención que en poco o nada condiciona los acontecimientos, el inminente fin de año impone el balance y cierre, y con ello las conclusiones sobre, en este caso, el 2014, y las previsiones o expectativas que tenemos sobre el próximo año de nuestras vidas, 2015. A pesar de la algo esperpéntica eclosión de positividad en las redes sociales -"Ha sido un año fabuloso. Gracias por compartirlo conmigo"- 2014 ha sido muy malo, al menos económicamente, y con eso casi se dice todo. Aun así, y siguiendo a aquella escena de La vida de Brian en la que los tres crucificados silban y cantan joviales en plena cruz "mira siempre al lado luminoso de la vida", cabe añadir que 2014 tuvo de bueno que quizá fue por fin el año en que tocamos fondo, y Dios me oiga. Con unos tipos de interés por los suelos que benefician al endeudado y -de nuevo, ojalá- estimulan el flujo del crédito inversor para las empresas; con un Plan Juncker en puertas y un déficit público que deben alimentar a la economía productiva y al empleo; con unos salarios por los suelos, una ingente legión parada con ganas de guerra y una legislación laboral versión "(bastante) ancha es Castilla", y con unos precios del petróleo también tirados... ¿qué más quieres, economía?

Pero no conviene volver a incurrir en un clásico de la ceguera humana, esto es, la confusión de los deseos con la realidad. Si bien la economía es esencialmente dependiente de las expectativas, y éstas son mejores, lo único que podemos decir es eso: que los agentes en general creen que la cosa va a ir mejor. Que aunque no hay mejora, hay síntomas de ella. Que aunque los indicadores son modestillos o directamente malos aún, hay "indicios"; que el "ambiente" y la "actitud" bancarias tienen otro color. Hacemos de esta manera economía del presagio, de la sensación. Paulo Coelho candidato al Nobel de Economía (quien suscribe, en este último escenario, se borra).

Después están las elecciones, que este año que entra son por partida doble: locales y autonómicas. Si algo bueno tiene la democracia en su vertiente electoral es que los políticos tienen que rascarse el bolsillo para dar pan y agua a grandes masas de votantes -cirujanos elitistas con remedios tan infalibles como impopulares, ¡vade retro!-. Bajadas de impuestos más o menos trileras, inversiones de infraestructura en su barrio, relajación de los boletines de denuncia, tan desaforados; algún mayor empleo público: algo es algo. Que aunque uno se acostumbre hasta al "sangre sudor y lágrimas", dar vida a la tropa es bueno para el ejército. Al menos de vez en cuando, ¿no? Creamos en ello, con cierta candidez inocente si quieren: hoy es el día.

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