Antonio Montero Alcaide

Escritor

Inmundicia sevillana

En la calle Sierpes se levantaban montones de basura en las puertas de menestrales y posaderos

Las comparaciones son odiosas, dice una fase proverbial que ya aparecía en las páginas de La Celestina y del Quijote, pero convengamos que también resultan curiosas. Y sirva de muestra un apunte de la policía urbana de Sevilla, en los siglos XV, XVI y XVII, incluido por el escritor, historiador y arqueólogo sevillano José Gestoso en la segunda serie, publicada en 1910, de Curiosidades antiguas sevillanas. Es el caso, entonces, de comparar, sin odio alguno ni curiosidad malsana, el estado actual de la Plaza de San Francisco con el que presentaba en el siglo XVI, cuando el esplendor de grandes empresas hacía de Sevilla una ciudad rutilante… y pestosa. Relata Gestoso que la concurrencia de bestias -entiéndase animales- propias de las caballerías de los soldados, del tiro de los carruajes, o de quienes acudían a tan señalado y céntrico lugar para despachar tratos y otros negocios y asuntos, podría recrearse, auxiliados por algo así como una imaginación del olfato, "con el olor de ámbar y algalia que exhalaban los perennes montículos de estiércol, repartido por todos los puntos de la plaza. Este gran basurero continuaba embalsamando el aire y recreando la vista hasta el día en que habían de celebrarse fiestas de toros o cañas o con motivo del paso de alguna procesión, por manera que meses enteros gozaban los vecinos del lugar o los transeúntes de tan recreativo y limpio espectáculo".

Incluso en la calle Sierpes se levantaban "artísticas pirámides" -Gestoso también fue catedrático en la Escuela de Bellas Artes-, como montones de basura en las puertas de menestrales y posaderos o en los rincones que hacía el trazado de las calles. Y los curas de la iglesia parroquial de San Andrés denunciaban al Concejo que en el cementerio de la iglesia, donde cada año se enterraban unas ochocientas personas, vecinas de la collación o fallecidas en el antiguo hospital del Amor de Dios, lugar de piedad, con una cruz grande de mucha veneración, "hemos hallado y visto muchas veces perros sacando parte de los cuerpos de los sepulcros y comiéndolos y los vecinos comarcanos no teniendo respeto a la decencia del lugar echan de noche mucha sociedad e inmundicia de sus casas en el dicho cementerio".

Se pregunta Gestoso si los "felices mortales" de comienzos del siglo XX, hechos al natural y legítimo uso de comodidades y ventajas, además de quejosos a la mínima, "a la menor falta que advertimos en el cumplimiento de las ordenanzas municipales", serían capaces de comprender la desidia y el abandono de sus antecesores en cuanto al gobierno de la ciudad en las pretéritas centurias. De modo que, ahora sí odiosa, quepa una comparación entre los sevillanos de antaño, que no reparaban en esas "pequeñeces", dedicados al fomento de las ciencias, las letras y las artes, así como a "épicas empresas", y los decaídos vecinos del tiempo de Gestoso, faltos de ideales, poco cuidadosos del patrimonio heredado, que "armamos un dos de mayo al encontrar a nuestro paso un montoncillo de basura".

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