Antonio Brea

Historiador

Instagram y el poeta

Nada comparable a lo que aporta en el perfil de Instagram @aquilinoduque

De la importancia de Aquilino Duque, o de la de cualquier otro de los apodados como narraluces, nunca tuve noticia a través de mis maestros y profesores. Ni en el colegio, ni en el instituto, ni en la universidad. Aunque mi trayectoria académica se solapó con la fiebre autonomista, la sintética dimensión de las programaciones no brindaba atención a fenómenos de nuestra cultura regional como el de aquel grupo de escritores andaluces que sacudió el panorama de las letras españolas, en la década de los sesenta.

De hecho, la primera vez que escuché hablar del prolífico autor sevillano, sentimentalmente vinculado a la sierra onubense, no fue en ninguna de las clases recibidas en las aulas de la Fábrica de Tabacos, sino en alguno de sus pasillos. Precisamente de labios de Luis Sánchez-Moliní, hoy veterano redactor de este medio, que me confesó su devoción juvenil por quien había ganado, tiempo antes, el Premio Nacional de Literatura con la novela El mono azul.

No obstante, no fue este libro el escogido para acercarme a su dilatada obra poética, ensayística y narrativa. Elegí en cambio El suicidio de la modernidad, deslumbrante compendio de artículos, editado en 1984 por Bruguera. De su lectura, quedé prendado por la aristocrática disidencia que destilaba, amén de su profundidad intelectual.

No sucedió, sin embargo, hasta iniciado el milenio, que empecé a coincidir con cierta frecuencia, en actos y veladas literarias, con Aquilino, a quien todo el mundo llamaba familiarmente por su nombre de pila y no por el apellido. Llegando incluso a disfrutar, una calurosa tarde, del honor de recitar juntos unos poemas en el Parque de María Luisa.

Dentro de su reciente actividad pública, la faceta que resultaba más sorprendente era el uso intensivo de las nuevas tecnologías, poco común entre personas de su generación y sobre la que ignoro si contaba con algún ayudante. El cuidado blog Viñamarina, con entradas que se remontan quince años atrás, es una muestra perfecta.

No conforme con lo que nos regaló desde esta magnífica página electrónica, Aquilino Duque desarrollaba una presencia en Instagram, cuyo seguimiento recomiendo encarecidamente a los aficionados a esa red social que hayan caído en la tentación de leer este artículo.

Es Instagram un foro de encuentro de usuarios de todo tipo que nos ofrecen, según los casos, testimonio de su pasión por la fotografía artística, improvisadas crónicas de sus aventuras vitales y profesionales o el ejercicio narcisista de la exaltación de la propia belleza física. Nada comparable a lo que aportan las más de cuatrocientas publicaciones del perfil @aquilinoduque, cuyo valor puede ser de gran utilidad para futuros biógrafos. Un sugerente mosaico de imágenes comentadas, en el que nos podemos deleitar con instantáneas y vídeos de su apasionante existencia, repentinamente apagada, y recuerdos relacionados con plumas tan excelsas como las de Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Luis Rosales, Fernando Quiñones, Luis Cernuda o José María Pemán.

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