Italia es el laboratorio político de Europa, un marcador y exportador de tendencias, como en la moda: desde aquellas décadas de bipartidismo entre comunistas abanderados de la purezza morale de Berlinguer y democristianos que generaron profundas tramas corruptas e incluso mafiosas, hasta el terrorismo de las Brigadas Rojas, y, ya más recientemente, el movimiento Manos limpias o el partido mediático-televisivo de Berlusconi, Forza Italia. Un país donde se produce el prodigio de una suerte de anarcocapitalismo -una de las principales potencias industriales del mundo- cuyas querencias se trasladan con el tiempo a buena parte del resto de Europa, e incluso a América. Trump y Bolsonaro no dejan de ser epígonos del propio Berlusconi: el populismo vigente tiene un claro precursor en el inefable Cavaliere. Su Gobierno actual es un oso hormiguero político, un cóctel en apariencia imposible: la derecha dura de origen soberanista de la Lega de Salvini de la mano del Movimiento 5 Estrellas, una amalgama de ecologistas, antisistemas y euroescépticos, de fuerte impronta izquierdista. Berlusconi, fuera, pero es la segunda fuerza más votada. Allí, en política, se cuecen las primeras habas y se cortan las barbas del vecino transalpino. España muy bien puede estar gestando un escenario similar, ya en vía rápida.

El barómetro del CIS ha sido muy comentado esta semana. Aquí, al hilo de lo arriba dicho, comentaremos un dato significativo sobre la anatomía de Vox, ya analizada antes en este recuadro el día después de las elecciones andaluzas. De los votantes de Vox, la mayoría -un 30%- proviene del PP más desinhibido y aznarista. Le siguen en número anteriores votantes de Ciudadanos. Otro 30% es de origen difuso. Pero un 12% proviene de Podemos. Los extremeños se tocan, como dramatizaron con guasa Muñoz Seca y Pérez Fernández. En esa conexión populista -soluciones sencillas a problemas complejos, peloteo a caladeros taurinos o cazadores, mentiras descaradas dichas una y otra vez-, hay un cierto profumo di pizza. De hecho, si damos crédito al sondeo del CIS -tan criticado como seguido con pasión por todos-, es muy probable que veamos coaliciones de líquidos, sólidos y gases, como la que gobierna Italia; frascos de gobierno de agua y aceite. Veremos cosas que no creeríamos ahora. De hecho, Pedro Sánchez, por su constelación de aliados para mudarse a Moncloa, podría ser considerado un fashion victim, un importador de moda italiana, siempre en vanguardia. También en política.

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