La ciudad y los días

Carlos Colón

John Barry en el Coliseo España

JOHN Barry y yo llegamos a la vez a Sevilla, en el otoño de 1963; él, al Coliseo España en el que se estrenó James Bond contra el doctor No; yo, al ensanche de Regina. El otoño siguiente Barry volvió al Coliseo en Desde Rusia con amor. Vivía yo entonces en Los Remedios y todas las mañanas, al pasar camino de las Escuelas Francesas en el 8 que tantas veces se paraba porque el puente de San Telmo de los puestos de aguardiente y coñac estaba abierto para dejar pasar un barco, veía el cartelón con las gitanas peleándose y el helicóptero persiguiendo a 007. Al Coliseo volvió Barry en abril de 1965 para hacer estallar en la pantalla, cuando se descorrían las cortinas de los pavos reales y se apagaba poco a poco la lámpara de araña, la voz de Shirley Bassey cantando Goldfinger.

A esas alturas los dos JB -James Bond y John Barry- eran los reyes del Albéniz del Porvenir, el Alexys de la Cruz del Campo, el Arrayán macareno, el Capitolio de la Candelaria, el Cruz Roja de Capuchinos, el Enramadilla de la Pirotecnia, el Ideal de la Alameda, La Gloria de Nervión, el Miami de Santa Genoveva, el Pío XII de Miraflores, el San Juan Bosco de la Carretera de Carmona, el Santa Marina, el San Luis del Pumarejo o el Santa Cecilia del Tardón: los cines de verano de los barrios de Sevilla eran su reino. Ni por esas pude conocerle todavía.

Por culpa del bikini de Ursula Andress, los muslos de Daniela Bianchi y los senos turgentes -que se decía en la novelitas de 1,50- de Honor Blackman eran para mayores de 18 años; no sé si con reparos y hasta gravemente peligrosas.

En las navidades de 1965 llegó Operación Trueno al Palacio Central y entonces nos conocimos. No en ese cine, en el que tampoco dejaban entrar a quienes no podíamos disimular que no teníamos 18 años, sino en el Taisa de Tetuán, donde me compraron poco después su banda sonora. Oír la música de una película que se desea ver es una forma de sumergirse hasta lo más hondo de ella, disparada la imaginación por el poderoso dibujo de la portada, despertada la curiosidad por los raros nombres de las canciones -Lucha en el castillo, Cambiando el cadáver, La muerte de Fiona, Bond bajo el Disco Volante-, alentada la impaciencia por las fotos expuestas en el vestíbulo grande, el de Pedro Caravaca, del Palacio Central. En las noches de verano de Regina, tan dormido el mercado como el guarda del puesto de sandías y melones, apagándose y encendiéndose -rojo y verde- el luminoso de Cortefiel, oía una y otra vez, procurando no despertar a mi tía, aquel primer disco de John Barry que tuve. Yo tenía 14 años y él, 33.

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